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Apuntes sobre ‘Ivy Maraẽy’

La Razón (Edición impresa) / Cergio Prudencio

00:00 / 17 de noviembre de 2013

Apunte 2. Juan Carlos Valdivia elude la emoción, pero, paradójicamente, es lo que su cine más contiene. Contiene, en el sentido de sujetar o aguantar. Esa es la sensación que decantó en mí cuando leí su Ivy Maraey, cuando lo desentrañamos juntos, y cuando abordé la misión de la música para su singular forma narrativa.

Apunte 16. En Ivy Maraey Andrés es un atado de sensibilidad que ha aprendido a moderar en su relación con el mundo, y hasta consigo mismo, aunque —por ironía— a un punto se le escape como magma volcánico.

Andrés es el mismo Andrés de Zona Sur, que es el mismo Juan Carlos de entonces y de ahora, quien ha inventado a aquellos y ha sido inventado por otros, según proclama en parlamento de poético registro: “Un día decidí inventarme un personaje para mí mismo. Ese personaje necesitaba inventarse a otro para poderle decir no soy tú. Y así él y yo vivimos en un mundo de nuestra propia creación, donde también hay otros personajes que nos han inventado a nosotros. Es un mundo

donde no hay nada por conocer porque todo es un invento”.

A ese mundo inventado nos llevó Valdivia a quienes trabajamos con/para él en su Ivy Maraey. Así nos inventó. Porque Valdivia conceptualizó su cine desarropando su proceso interior. Así cada quien descubrió su rastro en el entramado narrativo según su propia desnudez. El juego de las muchas incertidumbres y las pocas certezas fue la más virtuosa motivación para nuestras mejores entregas. Y la más arriesgada. También a ese mundo inventado lleva Valdivia a los espectadores de este lúcido delirio, y allá los deja, seguro. Todo por descubrir.

Inventado y en laberinto, sentí vértigo. Sentí. Me vi vulnerable, sin recursos. Intenté zafar. Y replicando estaciones de la travesía de Juan Carlos/Andrés, navegué su curso hasta encontrar música, la música que el sustrato subjetivo de las cosas revela cuando alguien las mira con el alma, como cuando mira Andrés; la música que la interioridad de los seres emana cuando el ánima de las cosas llama.

Apunte 42. Yari, el personaje opuesto-complementario de Andrés, es a su vez un nudo emocional. Pareciera desenfundar sentimientos más abiertamente, pero en realidad los encubre. Su palabra, la fecunda palabra guaraní, más que decir, alberga, guarda o disgrega; un ancestral recurso de sobrevivencia de estos débiles circunstanciales, por cierto. En Yari se adivina el revés de la trama, el mundo desconocido pero imaginado. Desde su otredad, Yari interpela la lógica y el hermetismo de Andrés, desarmándolos. Luego erige un paradigma ante los ojos de su antagonista para encandilarlo, pero se rinde ante el estigma que condena en ese otro; su otro.

Apunte 8. Es que Ivy Maraey habla del otro (como Zona Sur); del otro en uno, del uno en el otro. Habla de cómo los diferentes pueden espejarse sin contradicción. Porque Andrés inventa a Yari al tiempo que Yari inventa a Andrés, para decirse mutuamente “no soy tú”, aunque ambos terminen reconociéndose en la imagen del negado. Todo en paradoja.

Apunte 96. Primero entendí Ivy Maraey en la densidad de la Cultura, allá donde las contradicciones dinamizan toda relación y sus consecuencias. Blancos violentando indígenas física y espiritualmente; indios resistiendo indoblegables. Más tarde comprendí que la formulación mayor de esta obra de arte se inscribe en los desafíos esenciales de lo humano, como metáfora inagotable del campo existencial, allá donde se alcanzaría (o no) la trascendencia en/de esta vida.

Ivy Maraey revela pues la espiritualidad cósmica de la que primordialmente estamos hechos (unos y otros, aquí, allá y más allá), y sobrepasa universalmente los contextos y especificidades de la historia (si la hay).

Apunte 7. Sueño que a esta película le falta un abrazo, el mismo que en realidad Yari y Andrés están a punto de darse en un momento que amenaza culminante, pero evade disolviendo emociones en recatos y coherencias. No obstante, el sustrato emocional subsiste y queda. Y por eso Ivy Maraey alcanza su final en la emoción de cada espectador, (re)movido por las imágenes que a todo su largo detonan lecturas y sentidos múltiples, símbolos en desdoblamiento y espejismos; ampliándose así la maraña de criaturas en invención en la que todos —al fin— somos hebras.

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