Columnistas

Apuntes para el diálogo vodú-cristiano

‘El vodú se presenta como un lugar donde triunfan la espontaneidad, lo simbólico  y lo místico’ (Kawas)

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

09:10 / 14 de agosto de 2016

En un artículo anterior (La Razón 12-06-2016) ya me fijé en otro aspecto de la resistencia haitiana, su lengua kreyol (créole). Hoy me asomaré a su religión sincrética vodú, enmarcada en un catolicismo popular.

Son solo “apuntes”, muy preliminares, debido a mi débil contacto de primera mano con ese pueblo admirable. Solo estuve ahí hace poco dos cortos días, gracias a Marcos Recolons y a Julin Acosta. Ahí conseguí también, entre otros, dos libros que he devorado estas semanas: Dieu dans le Vaudou haitienne, de Laennec Hurbon (París, Payot 1972 y Port-Prince, Henry Deschamps, 1987). Coincidí con Laennec años atrás en reuniones de sociolingüística, cuando él estaba exiliado fuera de su país; ahora conseguí de segunda mano en su tierra ese su libro, que combina su experiencia local con muchas lecturas y vivencias de otras partes gracias a sus forzadas ausencias. Y el segundo, Kawas François sj, Vaudou et Catholicisme en Haïti à l'aube du XXIe Siècle. Des repères pour un dialogue (Port-au-Prince, Deschamps, 2011). Charlamos largo en ese viaje gracias a Marcos.

Durante toda la Colonia y de nuevo desde su independencia temprana en 1804, Haití fue el primer país independiente formado por antiguos esclavos, para escándalo de sus viejos dueños, que nunca aceptaron su nueva situación y que en vano intentaron extirpar esa “superstición”, sin percibir que el vodú era uno de sus instrumentos de resistencia.

Haití es un pueblo negro y mulato, profundamente religioso. Los domingos todos se visten con sus mejores galas para la misa, con sus alegres coros (llevan en la mano sus zapatos en una bolsa plástica para ponérselos solo durante la celebración sin ensuciarlos). Después en cualquier fecha asisten a sus ceremonias vodú sin ver ninguna contradicción. Como decía hace poco un obispo jesuita, “unos son católicos; otros, evangélicos; y el 100%, vodú”. Algunos evangélicos hacen una mayor ruptura, pero la gran mayoría de los católicos convive muy bien con lo vodú: por ejemplo, los loa (espíritus sobrenaturales vodú) adoptan también nombres de santos católicos; los pé savän (padres sabios) han sido con frecuencia también sacristanes y, como tales, han aprendido a combinar ritos.

Lo vodú crea, según el contexto, reacciones de liberación y/o de temor, por su relación entre vivos y muertos poco diferenciados y con magia y brujería. Los loa son parte integral de la vida cotidiana. Los zðbi son “individuos a los que... el Gros Bð Ãge (Gran Buen Ángel) ha capturado el alma y que viven en estado letárgico como un muerto vivo” (Hurbon p. 258).

Concluye Kawas François (2011: 137) señalando que “el vodú se presenta como un lugar donde triunfan la espontaneidad, lo simbólico y lo místico. La ceremonia de iniciación en el vodú dura una semana entera, en medio de un despliegue extraordinario de ritos y de símbolos, con la presencia de todos los grandes arquetipos: la luz, las tinieblas, la tierra, el agua, el fuego, etc. Esto se reencuentra en todas las ceremonias”. Citando a Renaud Clerisme, añade: “Para los practicantes del vodú, (la iniciación) es la toma de conciencia de su estar en el mundo con el conjunto del cosmos y de la humanidad. Es un juego de celebración y de danza que culmina en éxtasis, en trance, en posesión, donde el loa (su espíritu vodú) se encarna y cabalga en su adepto, ‘su caballo’, como dicen. El vodú no se concibe sin danza (para) descubrir una manera total de vivir el mundo, de existir todo entero en el todo viviente... es una manera de existir”.

Es antropólogo lingüista y jesuita.

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