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Arabia Saudita, demonio conocido

La política exterior implica lidiar con el mundo tal cual es, no como a uno le gustaría que fuese

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

00:05 / 07 de mayo de 2016

Estados Unidos debería cortar sus lazos con Arabia Saudita? La pregunta surge entre un remolino de controversias y la reciente visita del presidente Obama al imperio saudí. Hace décadas que he estado criticando a Arabia Saudita, pero con todos los problemas, pienso que Estados Unidos está en una mejor posición con una alianza con el país árabe que sin ella.

El Congreso podría aprobar próximamente una ley que permitiría a los familiares de aquellos que fallecieron en los ataques terroristas del 9 de septiembre (9/11) presentar demandas contra el Gobierno saudí. Algunos de estos parientes también han pedido que la administración Obama haga públicas 28 páginas de un informe del Congreso estadounidense que examina la participación saudí en los ataques.

No obstante, si Estados Unidos quitase a los saudíes la inmunidad que los gobiernos extranjeros poseen tradicionalmente, haría que Washington fuese vulnerable a las acciones recíprocas alrededor del mundo. ¿Se imaginan si el Gobierno estadounidense tuviese que enfrentar demandas por cada ataque teledirigido, bombardeo, operación especial y guerra que protagoniza? En cuanto al informe, el director ejecutivo de la Comisión del 11/9, Philip Zelikow, argumenta que las 28 páginas contienen “material no examinado” de archivos del FBI “que parecen involucrar a las personas en serios crímenes sin el beneficio de una investigación de seguimiento para determinar si esas acusaciones son válidas”.

Creo que Arabia Saudita tiene una gran responsabilidad por el esparcimiento de una interpretación intolerante, cruel y extremista del islam, que puede alimentar directamente el pensamiento yihadista. Sin embargo, tal como señala Gregory Gause en un ensayo en la revista Foreign Affairs, la historia es más complicada. “Arabia Saudita perdió el control sobre el movimiento global (extremista) en la década de los 80 y (...) el régimen saudí en sí ha sido el blanco de ese movimiento desde los 90”. Después de todo, si Estados Unidos era el primer blanco para Al Qaeda, Arabia Saudita era el blanco número dos.

En la década del 50, la versión wahhabi del islam de Arabia Saudita, producto de una cultura del desierto nómada, era practicado por una pequeña minoría de musulmanes, tal vez por el 1% o el 2%. Luego vino el auge del petróleo y Arabia Saudita (su Gobierno, organizaciones benéficas y personas) esparcieron esta corriente entre el mundo musulmán con apoyo de la bonanza financiera. Este wahabismo globalizado ha destruido la mayor parte de la diversidad dentro del islam, arrancando las interpretaciones liberales y pluralistas de la religión a favor de una versión árida e intolerante. En los 80, como la guerra en Afganistán contra la Unión Soviética estaba infundida por un fervor religioso, florecieron las doctrinas yihadistas. En varios casos el fundamentalismo islámico se convirtió en terrorismo musulmán.

En los años que siguieron al 11/9, luego de mucha defensiva y varias negaciones, los saudíes comenzaron a cambiar el curso, clausurando el financiamiento del Gobierno para los movimientos extremistas islamitas. David Petraeus me dijo una vez que el cambio estratégico más significativo durante el tiempo en el que ejerció su cargo fue que Arabia Saudita pasó de ser un partidario tácito a un enemigo agresivo de los grupos yihadistas. Hoy en día, la Inteligencia saudí es un aliado clave en la lucha contra Al Qaeda, el Estado Islámico y otros.

No obstante, la financiación saudí del extremismo islámico no ha finalizado y sus efectos perniciosos se pueden observar desde Pakistán hasta Indonesia. Estos fondos no provienen del Gobierno, sino de individuos. De todas formas, es difícil imaginar que la monarquía saudí no pueda cortar la canalización de dinero a los extremistas en el extranjero y en su propio país.

Arabia Saudita permanece reacia a controlar a sus religiosos extremistas por miedo a una reacción violenta. Líderes religiosos de postura firme e ideólogos poseen una influencia importante en la sociedad saudí. El imperio es bien conocido por sus extensos y crecientes medios de comunicación. No es tan conocido que sus estrellas principales son predicadores wahhabis e ideólogos extremistas, que ahora están propagando doctrinas antichiitas como parte de la lucha contra Irán. Esto plantea el dilema central: si cayese la monarquía saudí, podría ser reemplazada no por un grupo de liberales y demócratas, sino por fundamentalistas islámicos y reaccionarios. Luego de haber observado esta película en Irak, Egipto, Libia y Siria, soy prudente acerca de desestabilizar un régimen que es en muchas áreas (defensa, petróleo, finanzas) un aliado estable.

Arabia Saudita ha creado un monstruo en el mundo del islam. Y ese Frankestein amenaza tanto a Arabia Saudita como a Occidente. La monarquía saudí debe reformarse a sí misma y a la exportación de su ideología. Pero la realidad es que esto es mucho más probable si Estados Unidos se acerca a Riyadh en vez de distanciarse, dejando que el reino se agrave en el aislamiento.

La política exterior implica lidiar con el mundo tal cual es, no como a uno le gustaría que fuese. Requiere renunciar a la satisfacción de una gran victoria moral y aceptar, en vez de eso, cuartos de medidas pequeñas y frustrantes. En pocos casos esto es más cierto que en las relaciones de Estados Unidos con este imperio extraño y desierto.

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