Columnistas

Archivo y memoria oral

Nuestros archivos se han construido sobre la herencia documentalista del positivismo europeo.

La Razón (Edición Impresa) / Gustavo Rodríguez

00:00 / 08 de diciembre de 2013

Aunque sus orígenes se remontan mucho más atrás, los archivos se expandieron en Europa y América durante el siglo XIX, y respondieron en gran parte a la necesidad de los nuevos Estados-nación de salvaguardar los registros y la narrativa de su propia constitución bajo el ideario del progreso y la modernización, exaltando el rol glorioso de los “grandes hombres” y sus letanías de batallas, triunfos y tambores. Una historia por tanto sola y únicamente política.

Su correlato y soporte fue la historiografía positivista a la manera del alemán Leopold von Ranke, sistematizada luego a manera de manual por los franceses Víctor Langlois y Charles Seignobos. En ellos o para ellos la única fuente de la historia procedía del documento escrito, mejor si de procedencia oficial. Cualquiera que haya recorrido las páginas de Langlois y Seignobos conoce, aunque no conozca nada más que eso, que allí se hallan las mañas y maneras para comprobar la veracidad de un texto, sea por la letra, por la textura del papel, la composición de  tinta, etc. Este giro en favor del papel dejó para el folklore o la antropología a los relatos orales, considerados fuentes imperfectas y dudosamente fiables. Paradójicamente en los orígenes de la Historia como relato metódico del pasado en la Grecia clásica, las fuentes orales y visuales —“yo he visto”— se habían considerado como el único testimonio válido.

Hoy por hoy casi ningún(a) historiador(a) reconocería al documento escrito como la única fuente para su labor. Sin embargo, nuestros archivos se han construido sobre la herencia documentalista del positivismo europeo, como muchos otros de nuestros dispositivos culturales y educativos, incluyendo nuestras universidades, su pedagogía y su epistemología. Una manera de superar una manera unilateral, sesgada e incompleta de conservar nuestro pasado y de escribirlo supone deconstruir el archivo positivista y abrirlo a la conservación de otros registros y testimonios.

Como ya hace muchos años lo mostró Silvia Rivera y el Taller de la Memoria Oral (Toha), el registro oral, quizás más ligado a la memoria que a la Historia como registro fidedigno y puntual de los hechos pasados, contiene recursos tanto para entender qué paso como para percibir el recuerdo de sus protagonistas. El relato oral ofrece la posibilidad única e irrepetible de observar la estrecha relación existente entre la experiencia personal y la narración de los hechos. Vuelta aún más válida considerando que gran parte de estas subjetividades no están registradas en documentos y que además por pertenecer a sectores subalternos (pobres, indígenas y mujeres) no tienen cobijo ni en la historia oficial ni el archivo, simplemente están condenados al olvido y al silencio.

El registro de la memoria oral es, pues, una condición para la identificación de nuestras distintas formas de identidad e historia. Un archivo que quiera ser nacional debe por tanto, además de conservar los documentos escritos, abrirse a la práctica sistemática de recolectar testimonios orales y conservarlos en archivos digitales. Hoy por hoy existen múltiples tecnologías que permiten estos registros, así como para su fácil acceso público. Los chinos dicen bien al señalar que “cuando muere un anciano es como si ardiera una biblioteca”. Y nosotros dejamos lamentablemente que ello ocurra cada día.

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