Columnistas

Arlt, Platón y el 21060

Existe un común de los bolivianos que vive en su ‘día a día’ en un mundo hecho de realidades.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Alberto Tudela Ocampo

08:53 / 02 de noviembre de 2015

En días anteriores llamó mi atención la lectura de un artículo titulado Contrastes e Inconsistencias, escrito por el economista Juan Antonio Morales, en el que su autor, en una especie de comparación con el actual modelo económico boliviano, hacía una apología del Decreto Supremo 21060, recordando, entre otras cosas, que aquel decreto en su momento había recibido una gran atención en los medios académicos mundiales de mayor reputación y que hubieron publicaciones acerca del mismo en las revistas científicas más prestigiosas del planeta, mientras que el modelo económico social comunitario y productivo que reemplaza al 21060, no habría recibido atención alguna por parte de los economistas extranjeros de prestigio.

Más allá de entrar a un debate sobre el tema, y dejando de lado las exquisiteces teóricas y doctrinales de la ciencia económica, se debe recordar que esta “joya normativa” de la academia llamada 21060, en su momento fue una norma económica de shock que demandó del pueblo boliviano un fuerte costo social que se lo tuvo que arrastrar por casi tres décadas, en razón de que esta “joya” nunca fue pensada para el pueblo boliviano y sus necesidades, sino que fue pensada justamente para la academia, para la opinión de los economistas extranjeros, para las revistas científicas y para aquellos círculos de intelectuales que viven encerrados en la farándula de la erudición.

La crítica a la economía boliviana desde la pretendida exquisitez intelectual que realiza el citado economista, me recuerda a las críticas que los académicos en otro tiempo le hicieran al escritor, novelista, y periodista argentino —hijo de inmigrantes— Roberto Arlt, al cual le reprochaban que en sus obras no utilizaba adecuadamente el lunfardo, jerga que era común en Argentina entre delincuentes, inmigrantes y gente de clases económicas deprimidas, a lo que el autor respondía con ironía: “Sabe qué pasa, que yo me crié en Villa Luro, entre malevos y gente pobre, y la verdad que no tuve tiempo de estudiar esas cosas”.  

Conforme a lo que precede, las añoranzas académicas recordadas por el autor de referencia, me evoca aquella lógica platónica que habla de un idealismo, en el que las ideas constituyen un nuevo mundo fuera del ser humano, un mundo suprasensible que trasciende a la realidad. Sin embargo, en ese mismo ámbito, tampoco habría que olvidar que Aristóteles, quien fuera el más representativo alumno de Platón, será quien posteriormente negará que “la idea” pueda tener una existencia independiente de la realidad sensible.

En ese sentido, mientras don Juan Antonio Morales se pierde en los laberintos del idealismo y de la farándula intelectual, existe un común de los bolivianos que vive en su “día a día” en un mundo sensible hecho de realidades, y que es a éstos a los que les toca hoy construir ese Estado en el que van a poder vivir.

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