Columnistas

Armamentismo

Pretendo dar un toque de alerta a los tics militaristas de ciertos caudillos latinoamericanos

La Razón / José Gramunt de Moragas

00:54 / 08 de febrero de 2012

Las armas las carga el diablo, decían nuestros abuelos. Entre los malos recuerdos que nos dejó 1982 está el de la guerra de las Malvinas (Falkland para los británicos). El episodio es un desastroso desembarco de los bisoños reclutas argentinos en la isla principal del diminuto archipiélago boreal. El Reino Unido envió una fuerza combinada de tierra, mar y aire que obligó a los argentinos a firmar su rendición. Centenares de soldados dejaron el pellejo en aquellas tierras que entonces eran aptas sólo para criar ovejas. Últimamente ha crecido la tensión entre Argentina y el Reino Unido a causa de los sondeos petrolíferos en las aguas cercanas al archipiélago y la repuesta argentina y de otros países del área que no permiten la entrada de barcos con bandera de las Falkland.

El mayor responsable de aquel desastre fue el entonces presidente de la junta militar Leopoldo Fortunato Galtieri   quién, acorralado por el pueblo argentino hastiado de soportar la dictadura, creyó que levantaría el espíritu patriótico enviando a morir a sus soldados en las islas Malvinas. Pero se enfrentaban con los británicos, duchos en guerras coloniales. Un regimiento de mercenarios gurkas degolló con sus afilados cuchillos curvos a centenares de impreparados reclutas argentinos. La certera artillería de la Royal Navy echó a pique al acorazado Belgrano, nave capitana argentina. Incobrables náufragos murieron en las gélidas aguas del Atlántico Sur. Un artículo publicado por el que esto suscribe encabezó el comentario con el título de “Galtieri ‘guilty”.

Con este mal recuerdo bélico pretendo dar un toque de alerta a los tics militaristas de ciertos caudillos latinoamericanos, cosa muy distinta del equipamiento bélico que todavía requieren los países de este mundo que no tienen seguridad suficiente para prescindir de los ejércitos. Citaré algunos ejemplos actuales de la afición a los peligrosos “juguetes” de la guerra.

Lo primero que se presenta a mi atención es la insistente muestra de armamento que le gusta lucir al comandante-presidente venezolano, Hugo Chávez. El año pasado anunció la compra de 100.000 fusiles de asalto rusos Kaláshnicov. ¿Para qué? En estos días, los fastos recordatorios del 20º aniversario de uno más de los golpes de Estado que jalonan la historia del comandante Chávez. Con esta ocasión, Venezuela exhibe su potencial de misiles chinos, tanques rusos, aviones chinos y rusos, además de unidades fuertemente armadas no sólo del Ejército y de la Guardia Nacional, sino también de una milicia pretoriana creada recientemente para la custodia personal del enfermizo comandante.

Brasil tiene una próspera industria aéreo-militar. Colombia no puede aflojar en su lucha contra la guerrilla bien pertrechada por el narcotráfico. Chile que no olvida sus conflictos con Bolivia y Perú, además de proteger su alargada costa marítima, siempre ha sido un buen cliente de la industria de la guerra para respaldar la acción diplomática con la fuerza de disuasión o de amenaza (llámela como usted quiera). Cuba —¡pobre Cuba!— se quedó sin los misiles soviéticos con los que Nikita Jruschchov amenazaba a los EEUU hace 40 años.

Ahora, la última idea de los comandantes Chávez y Morales ha sido la creación de la comisión de defensa en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba) que se llevó a cabo la pasada semana en Caracas. A todo esto se añaden los flirteos del presidente iraní Mahamud Ahmadineyad con ciertos países latinoamericanos, Bolivia entre ellos. ¿Estamos al inicio de una nueva Guerra Fría? 

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