Columnistas

Arqueología del agua

Nuestros antepasados controlaban perfectamente los meses de lluvias/inundaciones y de sequía

La Razón (Edición Impresa) / Sonia Victoria Avilés Loayza

00:00 / 12 de febrero de 2014

Nuestros antepasados han controlado perfectamente los meses de lluvias/inundaciones y los meses de sequía, a través de una significativa modificación del paisaje y con la implementación de infraestructura que, en muchos casos, después de miles de años aún canaliza el agua y ofrece reparo frente a los desbordamientos en el Beni y otras regiones del territorio.

El agua es sagrada y debe ser cuidada, es esencial, es lo mejor que hay; sin embargo, en exceso es mortal y su falta también lo es. Ésta era una premisa clara en el pasado. Por ello se construyeron sitios rituales dedicados al culto del agua, como puede verse hoy en día en la huaca (divinidad) más grande de Sudamérica: la Roca Esculpida del Fuerte de Samaipata en Santa Cruz (hoy patrimonio de la Humanidad-Unesco); o lagunas artificiales-represas para conservar el agua de lluvia, sustancial en los meses secos; canales artificiales con la doble función de ser caminos de agua navegables gran parte del año y al mismo tiempo criaderos de peces y de otros recursos de agua dulce; lomas construidas para el asentamiento seguro de aldeas, casas palafíticas, acueductos, puentes, pozos; en fin, una organización en perfecta armonía con la naturaleza.

Ya sean los incas (1200-1500), pueblos contemporáneos o anteriores como Tiwanaku (hace 3.000 años), supieron ganarle al agua, controlarla, dominarla, aprovecharla al máximo, dejándonos huellas que basta seguir para resolver problemas climáticos muy similares a los actuales.

Estudiando caminos antiguos, comúnmente llamados caminos del Inca, es imposible no maravillarse frente a las obras de arte como canales, alcantarillas o puentes de piedra que salvan la gran cantidad de ríos y riachuelos que atraviesan. Estos puentes cuadrangulares presentan una, dos o más celdas y una longitud al máximo de diez metros. Distancias mayores a los diez metros se salvaban con puentes colgantes, de los cuales quedan lamentablemente solo los estribos o rocas perforadas con cinceles de cobre. Los ríos no fueron un obstáculo, sino un complemento a su vialidad, la misma que fue inteligentemente mixta: caminos de tierra complementados con caminos de agua, que integraron de norte a sur y de este a oeste todo nuestro país, con una compleja y muy bien implementada red de transporte, que confrontada a la actual no tiene comparación, pues hoy en día tenemos el 10% de los caminos con los que se contaba en la antigüedad.

Es necesaria una profundización de la Arqueología del Agua en nuestra región, de tal manera que la investigación pueda dar una respuesta duradera y sólida a los periodos de inundación y sequía que cíclicamente nos afectan. Dar vituallas y ayuda en general a los damnificados es muy humano y necesario. No obstante, no resuelve el problema; es necesario recuperar la logística prehistórica que hace más de 12.000 años afrontó con una ejemplar ingeniería hidráulica el problema. Por ejemplo, conservar y en muchos casos restaurar las calzadas elevadas en Moxos utilizadas para el tránsito o la agricultura sería utilísimo para los habitantes actuales; y ni qué decir de los montículos antiguos, donde se reconstruirían los pueblos salvaguardando a la población, al ganado y a los cultivos de los aluviones.

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