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Arquitectura

Los arquitectos debemos someter nuestras buenas intenciones al juicio cultural del cliente

La Razón / Carlos Villagómez

00:50 / 02 de abril de 2013

Ya era hora que me meta en mis asuntos. Y todo por dos notas de prensa que comentaron sobre esta bella disciplina cuyos autores no son precisamente arquitectos, lo que les confiere una dosis importante de razón.

Por un lado, F. Molina sostiene, con la aquiescencia de un colega amigo, que no existe arquitectura boliviana y, por otro, Cergio Prudencio, citando a Jaime Saenz, cuestiona la mediocridad de las nuevas construcciones escolares. Ambos, con la elegancia que los caracteriza, nos dejan muy mal parados a los arquitectos; en otros términos nos dicen: inútiles en propuesta cultural y estética. Y ningún arquitecto dijo ni pío. Supongo que ese silencio se debe a un sentimiento centenario de culpa y porque estas opiniones son compartidas por muchos habitantes de esta ciudad.

Ensayaré una explicación a estas finas críticas desde mi particular posición. No hablo por los demás ni tampoco pongo mis manos al fuego por todos los colegas. La arquitectura es un arte utilitario (o aplicado) y, por tal razón, se debe concebir con una finalidad funcional, sobre un acuerdo cultural y con un presupuesto que son determinados y compartidos con un grupo social o con un individuo en particular. Lo que dibujamos los arquitectos en un proyecto está condicionado por esas variables y, para su realización, debe pasar por una serie de etapas que escapan a la buena voluntad o control del arquitecto. Toda construcción es en el fondo una realización colectiva, un “arte colectivo”, donde el arquitecto no es más que una pieza que debe sobrellevar todas esas condicionantes. Dicho de otra manera, el proyecto arquitectónico, grande o pequeño, pasa por un verdadero vía crucis antes de ser construido.

Esta razón de ser de la arquitectura es más compleja aún en un medio donde la sutileza entre una buena o mala arquitectura interesa un pepino, y donde cada individuo se cree con el derecho suficiente de administrar su posibilidad económica y de resolver su mundo estético sin escuchar el criterio de ningún profesional. Como en ninguna otra profesión, en la arquitectura sientes aquel dicho tan nuestro: “a mí no me nadies”. A diferencia de otras artes llamadas puras (las letras o la música, por ejemplo), los creadores de la arquitectura debemos someter nuestras buenas intenciones al juicio cultural del cliente y a la capacidad de su bolsillo. Cómo envidio a los artistas que sólo rinden cuentas a sus demonios personales.

Si no me creen acerca de estas diferencias de realización entre el arte puro y el arte utilitario, conmino a cualquiera a resolver y construir un proyecto público o una casa para la esposa de Huicho Domínguez. En esas condiciones, hay que ser mago para salir con una propuesta de arquitectura boliviana o con un mínimo de dignidad estética.

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