Columnistas

Arte y Vivir Bien

La obra cumbre de la muestra es el escándalo por las obras inconsultas en el bello patio del museo

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

04:29 / 15 de marzo de 2016

Sabemos qué piensan los sociólogos, los antropólogos o los políticos acerca del Vivir Bien. Sabemos también cómo se regodean con ese concepto milenario en estos tiempos convulsos y vibrantes. Pero, ¿qué piensan los artistas acerca de esta idea fuerza?

El Museo Nacional de Arte expone Vivir Bien/Buen Vivir, el trabajo de 15 artistas latinoamericanos bajo la curaduría de bolivianos y alemanes, con la participación de varias instituciones culturales. Este equipo trabajó durante años en talleres, pesquisas y demás recursos para realizar esta muestra y lograr desentrañar las imbricaciones del  Vivir Bien en clave contemporánea. Es una exhición correctamente montada y con un impecable catálogo que presenta textos, videos, fotografías e instalaciones multimedia sobre el tema y las obras. 

Al recorrerla uno vacila, duda y se pregunta: ¿dónde está el Vivir Bien en esas imágenes, baúles, motos y pantallas? Pues, en todo y en nada. Así es el arte contemporáneo y es mejor dejarse llevar por él. Ya en su catálogo está escrita la siguiente advertencia: “Incluso si no encuentran respuestas claras a la pregunta por el Vivir Bien, sino más bien solo preguntas, déjense sorprender”.

Como todo puede ser arte en este tiempo, intentaré con una elucubración curatorial señalar dos acontecimientos a los que califico como obras “artísticas” que revelan el tema y redondean la muestra. El primero es el intercambio colonialista del curador alemán con el personal boliviano del museo al que maltrató durante el montaje; una penosa performance artística de Andreas y su peculiar manera de entender el Vivir Bien.

El segundo acontecimiento es la obra cumbre de la exhibición: el escándalo por obras inconsultas y atentatorias en el bello patio del museo. Los responsables, bolivianos y alemanes, decidieron plantar unos cimientos de hormigón para armar una sala temporal (una enorme construcción de metal y vidrio) en pleno patio patrimonial, generando un revuelo inusitado. El director del museo tuvo que renunciar, los medios se escandalizaron y (¡albricias!) los encargados de la cultura y el patrimonio tomaron cartas en el asunto. Todos se rasgaron las vestiduras por ese gesto, “artístico” y mediático; un logro que envidiaría el mismísimo Ai Weiwei. Es que esa acción, sin querer queriendo, cumplió con todos los requisitos que se le exigen al arte contemporáneo: reacciones virulentas, pasiones a granel y la consabida “resignificación” de las espesuras del tema. Ese acto respondió indiscutiblemente a la pregunta de la exposición y definió a cabalidad el estado del Vivir Bien en estos días: una obra inconclusa y arbitraria que duró una sarta de cohetes. En otros términos: arte efímero de verdad.

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