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Arte mayor

La Casa Grande del Pueblo será, simbólicamente hablando, lapidaria para sus gestores y para la ciudad

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

02:12 / 11 de noviembre de 2014

En los oficios creativos existen artes mayores y artes menores. Es una diferencia universal establecida más por la dificultad y el rigor que entraña el oficio que por una valoración clasista y discriminatoria. Entre las artes mayores está la arquitectura.

Más por viejo que por diablo creo saber algo de arquitectura. Sobre todo aprendí que nunca se domina ese maravilloso arte de proyectar la morada del hombre. Jaime Saenz decía que “ser arquitecto es cosa seria”, y vaya que sí lo es. He cometido tantos errores (quizás algún acierto) que lo admito, es cosa muy seria y muy difícil. A pesar de ello, paradójicamente todos se quieren meter con la arquitectura, todos se creen arquitectos. Conozco amas de casa, empresarios o políticos que suponen que pueden hacer arquitectura. Qué ingenuidad. Nadie les dijo que ése es arte mayor y, como tal, es atemporal: su traza vence a la muerte.

Por el contrario, todos pueden construir lo que sea. Todos pueden hacerlo porque construir es una técnica no un arte. Pero confundir estos términos en un edificio público que pretende ser símbolo del poder es inconcebible. La llamada Casa Grande del Pueblo es un atrevimiento que será, simbólicamente hablando, lapidaria para sus gestores y para la ciudad. Es un proyecto que expresa desmesura en un lote pequeño rodeado por callecitas de apenas ocho metros. Ése es su pecado: la desproporción y la falta de espacio. Los proyectistas olvidaron que la esencia de la arquitectura prehispánica se manifiesta en sus imponentes atrios concebidos con un profundo sentido animista y cósmico. Un edificio de semejante magnitud exige un lote de 10.000 metros cuadrados con grandes espacios que simbolizarían libertad y ofrenda. Los olvidaron por completo.

Consideren este consejo de viejo: no continúen, busquen otro sitio y estudien los buenos ejemplos de identidad boliviana como el monoblock de la UMSA, el monumento a la Revolución Nacional o el nuevo edificio municipal de El Alto, Jach’a Uta, que lo están construyendo. Consideren también que, en arquitectura, la falta de esencia no se reemplaza con palabras o decoración. Ya lo decía otro poeta: “la arquitectura es el testigo insobornable de la historia”, su juicio es implacable y pone a los procesos y a las personas en su debido lugar. De aquí a 100 años, ¿qué simbolizará semejante construcción? ¿Un proceso de cambio o una apurada perturbación?

Un estadista boliviano afirmaba que “la política es el arte de lo posible”; y sí, es cierto, por eso cualquiera la perpetra. Por el contrario, la arquitectura es el arte mayor, y sus contados maestros crean obras, no simples construcciones, porque sienten con pasión su temporalidad y esencia.

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