Columnistas

Assange y la defensa de los DDHH

Assange nunca pensó en los DDHH de sus informantes ni de quienes opinaban en sus publicaciones

La Razón / José Rafael Vilar

00:28 / 21 de agosto de 2012

Estos días, los medios han dedicado espacios importantes a uno de los fundadores del portal de internet WikiLeaks: Julian Assange. WikiLeaks y Assange saltaron a la notoriedad cuando el portal inició la difusión de correos electrónicos del Gobierno de EEUU y empresas privadas de inteligencia y seguridad; los primeros, sobre las guerras en Afganistán e Irak y situaciones posconflicto que descubrieron graves violaciones a los derechos humanos y a la ética. Después, les siguieron cientos de miles de otros correos y cables que involucraban a la diplomacia estadounidense, y que informaban sobre muchísimos otros gobiernos, instituciones y personas; además revelando (con sus nombres) los apoyos y los críticos de  EEUU.

Assange se volvió un superstar de los medios, y sus declaraciones eran siempre difundidas. Con seguidores incondicionales y detractores irreconciliables —incluidos muchos excolegas de WikiLeaks como Daniel Domscheit-Berg, cofundador y su exvocero—, Assange disfrutó de notoriedad mundial, poder mediático irrestricto y fue mimado de la intelligentsia europea y mundial, incluso de líderes políticos (que posiblemente no habían leído sus  interioridades ventiladas por el periodista australiano) para quienes el antiguo hacker era el campeón de la transparencia, los derechos humanos y las redes sociales y, por antonomasia, el antiimperialista por excelencia.

Esa notoriedad (para él de identificación) tuvo un oscuro impasse: Acusado por dos suecas, que fueron sus colaboradoras, de “coerción ilegal y acoso sexual” por inducirlas a tener relaciones sexuales sin protección en agosto de 2010 (entre otras denuncias), intervino la justicia sueca, con larga tradición de independencia, y Assange huyó a Londres; fracasaron sus intentos de eludir la extradición en la justicia británica —cuya imparcialidad evitó que Baltasar Garzón, otro actor acá, detuviera a Augusto Pinochet— y se refugió en la embajada ecuatoriana (a su presidente, Rafael Correa, Assange lo había entrevistado a través de Russia Today, canal internacional estatal ruso) argumentando que los suecos lo extraditarían a EEUU —país que aún no la ha solicitado—, donde “seguro lo matarían”. Más de un mes después le fue concedido el asilo.  Acá me detengo para recordar que Assange nunca pensó en los DDHH de las personas que aparecían en sus publicaciones (no me refiero a las acusadas de delitos, sino a las que opinaban o daban información), ni le importó qué podía sucederles, con lo cual hay un doble rasero: “Yo y los demás”.

Concedido el asilo (para mí, antiimperialista), el Reino Unido anunció que no le daría salvoconducto “por violar su arresto domiciliario”, pero su canciller aseguró que no entrarían por la fuerza a la embajada (con base en una ley de 1987 que nunca se aplicó), lo que ya se había difundido ampliamente. Hoy parece que se ha llegado a un acuerdo de no extradición a EEUU por parte de Suecia. De ser así, Assange enfrentará el juicio allá. El beneficio principal ha sido tratar de mejorar los DDHH de todos: las víctimas de las guerras de EEUU y las de Assange.

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