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Auspiciador de sueños

El regalo que le dio Wálter Nosiglia al país es inconmensurable y tremendamente comprometedor

La Razón (Edición Impresa) / Grover Cardozo

00:02 / 30 de enero de 2015

Cuando los publicistas de la empresa estatal de telecomunicaciones dijeron que “Entel no solo auspicia El Dakar, sino el sueño de millones de bolivianos”, apuntaron en la dirección correcta, porque Wálter Nosiglia, con su hazaña en la última versión de la competencia automovilística más difícil del mundo, se puso a tono con la compañía nacionalizada, ya que ahora miles de niños y jóvenes bolivianos sienten que tienen el auspicio, apoyo, empuje, protección e inspiración del primer boliviano que hace historia en el rudo Dakar. ¡Pucha que a los bolivianos nos cuesta tanto alcanzar glorias!, diría la frase luego de observar al campeón soltar lágrimas tras percatarse que logró algo que a él mismo le parecía muy complicado.

Fue importante el apoyo de Entel, la Gobernación de Chuquisaca, empresas privadas y el Gobierno nacional, pero más allá de lo material, lo que determinó que Nosiglia se suba al podio de los vencedores fue el cariño de los miles de bolivianos, quienes entusiastas y locos de emoción lo alentaron en el recorrido y lo comprometieron a lograr algo. De hecho, Wálter debe formar parte del grupo de bolivianos que lloramos a raudales cuando la patria sufre derrotas. Se nota que él tiene ese espíritu. Solo así se puede entender la sensibilidad que mostró cuando cruzó la meta y se dio cuenta de que podía subir al podio.

Además Nosiglia es del tipo de bolivianos que se incomoda cuando se pretende justificar las derrotas. Él es un lobo suelto que se guía por este tipo de inspiraciones: “No hacen falta alas/para hacer un sueño/basta con las manos/ basta con el pecho/basta con las piernas/y con el empeño”, como dijo Silvio.

El regalo que le dio Nosiglia al país es inconmensurable y tremendamente comprometedor. Niños, niñas, jóvenes y adultos hoy tenemos el auspicio de alguien que soñó y el momento que pudo sacudió las alas para alcanzar su montaña. En el camino se le pincharon llantas, se le reventaron las correas, la carrera le partió varias costillas y quién sabe qué más le pasó, pero aun así el lobo nunca dejó de mirar su montaña.

Para irnos, hay que decir que Nosiglia conoce su país y sobre todo sabe cómo están anímicamente los niños y los jóvenes, y entre ellos sus propios hijos. Por ese conocimiento se planteó una delicada misión: demostrar con el ejemplo que es posible fracturar la vieja historia de derrotas y lamentos. Cuando la misión es tan difícil y complicada, solo el ejemplo puede ser el discurso correcto, nos dijo.  

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