Columnistas

Autocomplacencia

El desarrollo de la industria minera es mucho más serio que solazarnos en el mundo virtual

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio J. Garzón M.

02:17 / 04 de septiembre de 2015

La caída de los precios internacionales de los minerales y metales tiene la virtud de desnudar ciertas percepciones de actores y operadores del sector en respuesta a las perspectivas que el nuevo orden de valor les impone y a la imagen que desean lanzar a la opinión pública. En foros especializados y también en corrillos, las voces oficiales minimizan el fenómeno; los “opositores” al régimen de turno lo maximizan a niveles de catástrofe; los libre pensantes se devanan los sesos para tratar de explicar el fenómeno y toman partida, sin querer queriendo, según afinidades y/o subterráneos intereses que afloran ante la coyuntura. Los oficialistas hablan de contrarrestar los avatares de mercados volátiles y hablan de aumentar y diversificar la producción con megaproyectos mineros e industriales de colosales inversiones (v. g. casi $us 1.000 millones en el salar de Uyuni), de proyecciones más allá de 2025, de industrializar todo lo que se extrae de la Pachamama, de explorar hasta el último rincón patrio.

Los opositores minimizan los posibles resultados acudiendo a la gravedad de la caída de precios, al bajo nivel de nuevos descubrimientos de minas, al despilfarro de la renta minera en la casi década precedente, a los efectos negativos de la megaminería en el medio ambiente y a los costos sociales que la actual coyuntura ya está cobrando en la población (cierre de pequeñas operaciones mineras y migración de la mano de obra a labores agrícolas). Es un concurso de autocomplacencias al más puro estilo de nuestra clase política. Lo importante pareciera ser el opacar al contrincante en el mundo virtual de las comunicaciones, aún a costa de desgastar la imagen real de los pocos emprendimientos mineros en curso.

Mientras tanto las cosas adquieren un tono peligrosamente gris, ya es difícil distinguir por ejemplo si el Mutún será un proyecto siderúrgico para producir acero y productos intermedios para la región y el mundo o si será una miniacería para el mercado interno (peor aún si alguna de estas alternativas tiene una justificación económica); si el proyecto de cobre en Corocoro tiene la proyección inicial con que se inició o si fracasó el proyecto con Korea Resources Corporation (Kores) y solo nos quedaremos con la actual operación de obtención de cobre electrolítico de los remanentes de la explotación de las viejas minas de cobre de la región; si el proyecto del salar de Uyuni avanza más allá de la planta piloto de sales de litio y potasio, si los parámetros económicos acompañan el proyecto o estamos en la letanía de implementar “nuestra tecnología” aún a costa de perder la coyuntura de mercados; si Karachipampa funcionará algún día o seguiremos alimentando este elefante blanco de los años 80; y así podemos seguir.

Hay que dejar el problema a los que saben, repetía un viejo maestro mío, y es así. Si realmente queremos desarrollar la industria minera, la cosa es más seria que solazarnos en el mundo virtual; tarde o temprano la realidad nos golpeará el rostro y pisaremos tal vez arenas movedizas y no el terreno firme que esperábamos. Los proyectos mineros no nacen, se hacen. Podemos tener la mayor reserva de litio del mundo, pero el vanagloriarnos de ello hasta la saciedad no nos llevará a ninguna parte. La tecnología, el adecuado manejo de las variables del mercado, la delicada ingeniería de cada etapa y el duro trabajo de campo son entre otras las cartas de triunfo que la historia milenaria de la industria ha acumulado a lo largo de siglos. Dejemos de mirarnos el ombligo.

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