Columnistas

Avatares intelectuales del nacionalismo

La Razón (Edición Impresa) / Máscaras y espejos - Fernando Mayorga

00:00 / 13 de noviembre de 2016

El pasado jueves se presentaron dos libros que forman parte de la Biblioteca del Bicentenario, una iniciativa editorial impulsada por la Vicepresidencia a través del Centro de Investigaciones Sociales (CIS). Ese evento se realizó en la Plaza 14 de Septiembre de Cochabamba, bajo el alero del edificio de la Federación de Fabriles, con la entrega de Diario de un comandante de la guerra de la independencia de José Santos (el Tambor) Vargas y Nacionalismo y coloniaje de Carlos Montenegro (1903-1953). Tuve el honor de escribir el estudio introductorio acerca de la trayectoria del intelectual cochabambino que estableció las pautas del discurso del nacionalismo revolucionario que forjó la revolución de 1952 y cuya influencia es innegable en el pensamiento social y la discursividad política del país. En estas líneas me interesa resaltar su influencia en la obra de René Zavaleta Mercado (1937-1983), el autor más influyente en las ciencias sociales de Bolivia.

Nacionalismo y coloniaje es un texto que está presente en la producción intelectual de Zavaleta, tal como se percibe en su primer libro (Desarrollo de la conciencia nacional, 1967), que denota una evidente influencia de la obra pionera de Montenegro, y en su obra póstuma (Lo nacional popular en Bolivia, 1984) que, curiosamente o por azar, recupera un vocablo (“nacional-popular”) presente en un acápite del libro de Montenegro. Lo nacional-popular en Bolivia formaba parte de una investigación de la cual Zavaleta solamente escribió tres capítulos, que se concentran en el ciclo estatal liberal; y es otra coincidencia con Nacionalismo y coloniaje, que concluye (fue escrito en 1943) con un balance de la guerra del Chaco.

Para Montenegro, el proceso histórico es el resultado del conflicto entre dos tendencias: nacional y antinacional que “actúan como energías históricas divergentes, es decir, como aspiraciones existenciales, como sentimientos y pasión colectivos, como caracteres e impulsos psíquicos hereditarios”. De esa manera, Montenegro sitúa la lucha política del nacionalismo en vínculo con las reivindicaciones populares y sorprende que utilice —así sea una sola vez— el vocablo “nacional-popular”, que, varias décadas después, formará parte del debate intelectual latinoamericano a partir de la renovación del marxismo con los aportes del italiano Antonio Gramsci. Una noción también presente en un libro del sociólogo francés Alain Touraine: América Latina: política y sociedad (1988).

En la obra de Zavaleta existe una evidente influencia del pensamiento de Montenegro. No obstante, Zavaleta asume el marxismo como método para interpretar la historia boliviana a partir de la articulación entre lo clasista y lo nacional. Otra relación entre Montenegro y Zavaleta es perceptible en sus visiones sobre el conflicto social. En Zavaleta el motín, la revuelta y los alzamientos eran a menudo una forma de voto de los analfabetos. Una mirada que se asemeja a la idea del motín en Nacionalismo y coloniaje, porque lejos de ser entendida como una señal de anomia social, era concebida como un fenómeno capaz de explicar las circunstancias de la vida colectiva, porque expresaba la lucha de las tendencias colonial y nacional. Esta sugerente teoría del motín concluye en la construcción discursiva del “sujeto histórico” invocado por el nacionalismo revolucionario de Carlos Montenegro: la masa se subleva como pueblo, y el pueblo encarna a la nación que se materializa en un Estado soberano (después de la insurrección popular de abril de 1952), y como diría después René Zavaleta: “el Estado del 52”. Rupturas y continuidades.

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