Columnistas

Ayacucho: cumbre de la gloria americana

La batalla de Ayacucho fue la confrontación final entre la América oprimida y la Europa opresora

La Razón (Edición Impresa) / Foro - Orlando Rincones

01:42 / 30 de diciembre de 2014

Hace poco más de un año, específicamente el 7 de diciembre de 2012, el Centro Cultural de la Universidad San Cristóbal de Huamanga (Perú) acogía el foro “La Batalla de Ayacucho y su Trascendencia en la Historia del Perú y América Latina”. En él alguien nos preguntó acerca de lo que, en nuestra opinión, distinguía a Ayacucho del resto de las batallas libradas en el marco de la independencia hispanoamericana. Quise responder, como en alguna otra oportunidad, haciendo mención a las trascendentales consecuencias político-militares que arrojó la épica refriega, por ejemplo la independencia definitiva del Bajo y el Alto Perú y la consolidación de la emancipación sudamericana; pero los que me habían precedido en el uso de la palabra ya habían agotado el tema, lo cual me obligó a explorar otros aspectos no menos relevantes y sí muy particulares.

Pese a haber sido la confrontación final entre la América oprimida y la Europa opresora, en el campo de batalla poco más de 500 europeos defendieron la causa monárquica aquel 9 de diciembre de 1824. Con la excepción de sus bizarros jefes y algunos batallones selectos como el Gerona, la composición del Ejército Real del Perú era básicamente criolla, todos los estratos de la sociedad peruana, durante siglos, dieron un sustantivo aporte en hombres para la conformación del aparato militar más poderoso de España en el Nuevo Mundo. En el Ejército Unido Libertador la realidad no era muy diferente, si bien esta fuerza estaba compuesta por elementos provenientes de todos los rincones del continente y de Europa, el mayor número de sus efectivos también era peruano, y no pocos con pasado realista (como La Mar y Blanco) por lo que no es de extrañar entonces que, previa consulta de los mandos realistas a Sucre, jefe máximo de los patriotas, un día antes de la batalla, familiares y amigos, que habían en uno y otro bando, se saludasen efusivamente, siguiendo la iniciativa emprendida por el brigadier español Tur con su hermano Vicente, oficial republicano.

El valor y arrojo mostrado por los elementos de uno y otro bando fueron igualmente señalados en mi respuesta. Los 1.400 muertos y 700 heridos en el bando español, junto a los 307 fallecidos y 609 heridos en el republicano demuestran lo encarnizado que fue el choque en la pampa de Ayacucho. Adicionalmente, tras cuatro horas de agotador combate, pasado mediodía los realistas estaban ya derrotados, sin embargo fue solo hasta las seis de la tarde cuando decidieron proponer la capitulación a los vencedores, no sin antes haber agotado infructuosamente todos los medios para reagrupar a sus tropas y tomar camino a Cuzco, como bien lo relata el historiador español, y protagonista de la batalla como brigadier, don García Camba, en sus célebres Memorias para la Historia de las Armas Españolas en el Perú (1846). No pude terminar aquella larga respuesta sin hacer referencia a la generosa capitulación concedida por Sucre a los vencidos, tal como lo había hecho dos años atrás en Pichincha y como lo haría nuevamente en Tarqui, cinco años después, lo que demuestra que la magnanimidad fue una constante en la vida de este ilustre prócer venezolano.

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