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Ayotzinapa

Ayotzinapa es el nombre de la historia cíclica, aunque en náhuatl signifique ‘río de los calabacines’

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

00:11 / 30 de noviembre de 2014

Ayotzinapa es una palabra que acaba de soltar vuelo sobre el mundo, y en su recorrido va desplegando significados vertiginosamente. Ayotzinapa significa rebeldía, por ejemplo. “Somos el último reducto de la revolución mexicana” testimonia un sobreviviente (en Telesur), con un nudo de dolor y miedo en la garganta. “Es que pensamos diferente, y no nos callamos”, sentencia. Él, como miles de jóvenes, se atreve a cuestionar un orden político decadente y en colapso, cuya institucionalidad está ampliamente rebasada por “leyes” consuetudinarias.

Por eso cuando de pronto desaparecen 43 muchachos y no hay autoridad quien pueda dar cuenta, Ayotzinapa significa también muerte. La de esos muchachos, la que ya se cargó a decenas de miles con y sin restos funerarios, la que ronda en espera, porque México todo es ahora Ayotzinapa, en esta acepción de la palabra.

La guerra está declarada y promueve, como en la Colombia de los 90, desplazamientos masivos. Turbadas por el terror, las poblaciones abandonan su raigambre, dejando tierra y territorio al albedrío de explotadores. El capital es un monstruo en expansión constante y se reproduce a través de negocios: de drogas, de armas, de bosques, de minerales, de agua, etc., para los que la gente cuenta solo como mercado y fastidia en tanto conciencia. La conciencia movilizada de los normalistas fastidió tanto al alcalde de Iguala... Ayotzinapa significa —para algunos— inversión, y la inversión ha de resguardarse a cualquier costo.

El mundo se asombra, se conduele y protesta porque intuye en el fastidio del alcalde la advertencia del sistema para todos. Los dueños de las noticias ajustan filtros. Informan sesgado, informan incompleto, informan por omisión, o no informan. Lo que pasó, pasó y la realidad se vacía a números: 43 estudiantes, 20.000 muertos, 6.000 desaparecidos, 40.000 manifestantes, dos presidentes en ocho años, etcétera. Ayotzinapa es otra manera de decir prestidigitación, ilusionismo, falacia.

Mientras tanto, los padres y madres de alma y cuerpo buscan a sus cuarenta y tres, que tendrán nombres como Guadalupe, Miguel, Óscar, Teresita, Ramón o José Quintín, y tendrán rostros mestizos e indígenas de ojos profundos, cejas pobladas, labios plenos, sonrisas espontáneas e ilusiones vivas. Vivos los quieren porque vivos se los llevaron, y resisten la escalofriante fábula de la pira para poder afirmarse en convicciones y sobrevivir al espanto. Ayotzinapa significa verdad, con todos sus padecimientos. La verdad de los humildes para quienes su desaparecido no es un número, sino una voz todavía resonante, una presencia, un recuerdo latente y tal vez cada vez más una ausencia. Trágicamente.

Ayotzinapa es un lugar y es muchos lugares, comarca donde ocurre ahora lo que ya ocurrió en los tiempos. Antes, hace mucho, no hace tanto, aquí, cerca nomás, allá, ese mismo signo ensombreció la vida de las gentes, por razones y procedimientos similares. Ayotzinapa es entonces el nombre de la historia cíclica, aunque en náhuatl signifique “río de los calabacines”, por paradoja. 

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