Columnistas

Los BRICS

Los negocios, el comercio intragrupal y la inversión son el lenguaje más armonioso de los BRICS.

La Razón (Edición Impresa) / Pablo Rossell Arce

00:31 / 05 de enero de 2014

Bolivia estrechará lazos con los BRICS, nos anuncia un titular de la prensa. Recordemos que BRICS se refiere al acrónimo de un grupo de países emergentes (Brasil, Rusia, India y China, recientemente acompañados por Sudáfrica) agrupados primero de manera conceptual por un analista de la firma Goldman Sachs, allá por 2001, y hoy de manera real y política. Tan real, que en marzo de este año celebraron su quinta cumbre. En el principio, sin embargo, el término excluía a Sudáfrica.

Que Bolivia estreche sus lazos con este grupo es una muestra de la búsqueda de un orden multipolar post hegemónico. Bueno sería que lo logremos. Los BRICS mostraban, en su momento, indicadores económicos que hacían suponer que en unos lustros podrían ser uno de los grupos de países más importantes en la economía global. Hoy en día, sin embargo, los efectos de la crisis financiera global se dejan sentir en todo el mundo y los BRICS no son la excepción. No obstante, todavía tienen algún margen de maniobra. Lo más importante, sin embargo, es la posición geopolítica que los BRICS juegan: ahí están China y Rusia, cuya membresía en el selecto Consejo de Seguridad les otorga otro estatus en el concierto de naciones (o lo que quiera que la tal frasecilla signifique) y está India, que tiene estatus de potencia nuclear. Sudáfrica y Brasil se cuentan como potencias regionales por derecho propio en sus respectivos continentes.

Pero, como toda alianza (relativamente) nueva, el alineamiento de intereses es complejo entre un grupo que tiene muchos rasgos heterogéneos. Si bien la China tiene mucha claridad con relación a lo que quiere con los BRICS como plataforma política (en lo que coincide, básicamente con lo que Rusia busca) y económica, es este último aspecto el que más consenso genera. Y no es extraño: los negocios y el intercambio comercial muestran resultados más prácticos, concretos e inmediatos que una eventual alianza geopolítica entre potencias heterogéneas que buscan objetivos distintos en lo regional y en lo global.

Tal es el caso de China e India, que arrastran una larga historia de desencuentros más o menos severos desde el siglo pasado: comparten el mismo continente y, por su peso específico, cada una intenta ampliar su zona de influencia regional... hasta chocar entre sí. Los negocios, el comercio intragrupal y la inversión son, por lo tanto, el lenguaje más armonioso de los BRICS, máxime cuando la economía mundial está con perspectivas poco alentadoras y cuando los poderosos del siglo pasado se muestran cada vez más impotentes, menos sensatos y más obstinados en las ya conocidas recetas de ajuste a ultranza para salvar a los bancos (que, con la plata que recibieron estos últimos años, deberían sentirse más que pagados) a costa de la economía real y del empleo.

Por eso es que uno de los resultados más importantes de la última cumbre de los BRICS, realizada en Sudáfrica, fue precisamente la creación de un megabanco del grupo, con capacidad suficiente para financiar inversiones productivas, comerciales y de infraestructura. El megabanco corre paralelo con un fondo que debe constituirse como reserva de contingencia para periodos de iliquidez. Dicho de otra forma, los BRICS están creando su propio banquito mundial (ni tan banquito, conste que el BNDES de Brasil ya tiene una cartera más grande que la del propio Banco Mundial) y su propio fondito monetario internacional. Va en ello el germen de una solución parcial ante el despelote financiero global creado por la falta de pericia (o la simple complicidad) en el manejo de las burbujas financieras, por parte de los poderes del siglo XX.

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