Columnistas

Banca privada internacional

La banca privada internacional puede contribuir a nuestro desarrollo y en la lucha contra la pobreza.

La Razón (Edición Impresa) / María Elena Ortega Echenique

00:05 / 29 de junio de 2016

Muchos gobernantes, políticos, economistas y analistas en general se preguntan si se debe intervenir y salvar a la banca privada internacional en casos de crisis como la que se vivió en 2008, luego de que se evidenciara que los bancos privados internacionales actuaron de manera imprudente e irresponsable. Al respecto, muchos consideran que se debería dejarlos a su suerte en caso de repetirse una nueva crisis financiera. Sin embargo, muchos otros tenemos una forma distinta de apreciar las cosas.

Respecto a la debacle financiera de 2008, puede decirse que su origen empezó con la crisis de deuda externa declarada por México en agosto de 1982. Desde entonces, los bancos privados internacionales empezaron a sufrir grandes pérdidas, y se inició un largo proceso de reconversiones, renegociaciones y recompra de deuda, que duró casi toda la década de los 90 y hasta fines del siglo pasado. Para hacer frente a las cuantiosas pérdidas que sufrieron, los bancos privados internacionales tuvieron que idear nuevos mecanismos e innovaciones financieras, como la titularización o los créditos sub prime en la banca estadounidense, utilizados principalmente para la adquisición de viviendas y orientados a clientes con escasa solvencia, y por tanto, con un nivel de riesgo de impago superior a la media del resto de créditos.

Éstas y otras medidas desataron la crisis financiera que estalló entre 2007 y 2008 en Estados Unidos, y cuyas repercusiones arrastraron a las economías europeas, que hasta la fecha no han logrado recuperarse por completo. En defensa de los créditos sub prime se puede afirmar que éstos fueron una primera posibilidad para contrarrestar la elevada deuda financiera en el sector real de la economía estadounidense; además, contribuyeron a democratizar el crédito, haciéndolo accesible a las personas con menos recursos y que representaban un mayor riesgo.

Por otro lado, es posible afirmar que gracias a la banca privada internacional en general, conformada sobre todo por Estados Unidos, Canadá, Japón y países europeos, fue posible la industrialización de países latinoamericanos como Brasil, México y Argentina; así como el surgimiento de los tigres asiáticos, encabezados por Taiwán, Corea del Sur y Singapur.

Por ello, en lugar de condenar a la banca internacional deberíamos reconocer su contribución al desarrollo, ya que gracias a sus inversiones y al riesgo que asumieron, millones de personas que otrora estaban sumidas en la extrema pobreza hoy tienen acceso a créditos bancarios y capitales para invertir, lo que les ha permitido mejorar su situación económica y social.

No obstante, para contribuir aún más en la lucha contra la pobreza, en lugar de otorgar créditos de ultramar, la banca privada internacional debería instalarse y expandir sus actividades en los propios países, a través de una eficiente supervisión de los proyectos que financian. Esto sobre todo en el caso de Estados Unidos, que de la noche a la mañana se convirtió del mayor acreedor del mundo en el mayor deudor; y que, a través de un juego contable, debería transformar sus deudas en activos en los balances de los países acreedores. Solo así se podría, en algún momento, equilibrar los mercados financieros sobredimensionados artificialmente con los sectores reales de las economías a donde vaya la banca y la de su propio país.

Por todo lo mencionado, la banca privada internacional debe ser bienvenida en los países en desarrollo, por cuanto puede contribuir a nuestro progreso y en la lucha contra la pobreza.

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