Columnistas

Barbarie contra tolerancia

Estamos frente a una imaginación macabra que  pretende retroceder varios siglos

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

02:04 / 21 de noviembre de 2015

Cuando en 2013 Francia y Estados Unidos se aprestaban a orquestar el derrocamiento del dictador sirio Bachar al Assad, surgió la mano diplomática de Vladimir Putin para salvar a su ahijado político, persuadiéndolo a desembarazarse de su arsenal de armas químicas y así calmar la irritación de las potencias occidentales. Pero meses más tarde, Abou Bakr Al-Baghdadi se autoproclamaba califa e instauraba el temible Daech, acrónimo en árabe del Estado Islámico, en memorable sermón donde pregonaba “el rechazo de la democracia, de la laicidad, del nacionalismo y otras basuras de Occidente”.

Desde entonces el control de su territorio se ha ido extendiendo en Irak y en Siria, abarcando ahora 300.000  kilómetros cuadrados (o sea seis veces el  tamaño de Bélgica) con 10 millones de habitantes; cuenta con un ejército de 50.000 soldados de los cuales una mitad procede de varios países europeos (como ejemplo, 600 alemanes y 2.500 franceses), además de un fuerte contingente de chechenos llegados de Rusia. Rebalses del Daech alcanzan  Libia, el Sinaí y Nigeria, amén de células durmientes esparcidas por toda la Tierra. El financiamiento de su campaña se origina en la apropiación de los cofres del banco de Mosul, de los pozos petrolíferos capturados y del comercio de joyas arqueológicas vendidas a anticuarios. Los avances militares de Daech se caracterizaron por su tenebrosa modalidad de decapitar públicamente a adversarios secuestrados, a rehenes europeos o a árabes infieles, desplegando ruidosa publicidad de sus despiadadas hazañas.

Los sangrientos atentados en el centro de París, del 13 de noviembre último, precedidos del bombazo que destruyó un avión civil ruso en el desierto del Sinaí y la masacre de chies en Beirut, nos muestran acciones que ya no corresponden a desesperados terroristas, sino más bien a una estrategia militar  profesionalmente concebida para causar el mayor daño posible a las potencias que atacan sus posiciones. La reacción de las naciones ofendidas era previsible, intensificando bombardeos masivos a los bastiones yihadistas de Mosul y Raqqa, la capital del califato. Sin embargo, esas arremetidas no parecen ser muy eficaces, toda vez que Daech continúa su avance con esa aureola de invencibilidad admirada por los pobladores conquistados. La evolución del califato comienza cuando a la ocupación americana de Irak sigue el despido masivo (400.000 efectivos) del ejército de Saddam Hussein y son precisamente sus otrora generales los actuales estrategas del Daech, reforzados por voluntarios europeos, diestros en informática y tecnologías modernas, asistidos por solitarios psicópatas cultores de la violencia, dispuestos a matar y a morir. A ellos se unen, indudablemente, fervientes yihadistas, candidatos al martirio que los conducirá al paraíso. Dos características inéditas en las contiendas internacionales, alimentan al Daech: el uso del “miedo” como arma psicológica y el reclutamiento mediante las redes sociales de jóvenes adeptos a una causa contraria a todos los sistemas imperantes. Un anarquismo al servicio del dios Alah. El temor de verse sojuzgados por esos ninjas encapuchados de negro induce a los habitantes a abandonar sus aldeas, en cuanto captan la señal de su llegada. Así, esos islamistas a veces toman un villorrio sin disparar un solo tiro.

Mientras el mundo miraba plácidamente a Siria ahogarse en su laberinto, armando a uno y otro bando en pugna ante el avance incontenible del Daech, Rusia decidió entrar en el conflicto con todo su poderío militar, convocada por Bachar al Assad, su agobiado cliente. Ese gesto provocó que Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y otros también ingresen de lleno en el pleito, desde el aire, sin comprometer combatiente alguno en tierra. No obstante, el golpe islámico al corazón de París demostró a Occidente que el Daech había decidido trasladar la batalla al epicentro del adversario. Y, es recién entonces que los occidentales dejan su ingenua tolerancia y se aprestan a atacar al enemigo principal, dejando para después ocuparse del aborrecido dictador sirio.

Entretanto, el Daech ha impuesto su agenda al planeta entero, usando tecnología de punta, o —como se sospecha— inclusive armas químicas y bacteriológicas que serían esparcidas en París o Washington. Estamos frente a una imaginación macabra que pretende retroceder varios siglos de historia para recomenzar aquellas cruzadas que dejaron el alma herida del islamismo radical.

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