Columnistas

¿Bendición o maldición?

Yo me quedo con la imagen del trabajo como una dimensión inherente a la alegría y a la dignidad

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

01:41 / 01 de mayo de 2013

Me matan si no trabajo y si trabajo me matan, siempre me matan, me matan, ¡ay!, siempre me matan”. Este verso del poeta cubano Nicolás Guillén se convirtió en un emblema cantado por las generaciones que actuaban en política durante los años 70 en América Latina. Además de estar presente en la economía, el trabajo de los seres humanos está en la política, la poesía, las religiones y en casi todas las manifestaciones culturales.

En las calles de nuestras ciudades alguna vez apareció un grafiti que pontificaba: “Si el trabajo da salud, que trabajen los enfermos”, y en directa relación con esa pícara sentencia, hay varias comparsas y grupos de “jóvenes de antaño” que se bautizaron como Holgazanes, Haraganes, Flojonazos y cosas por el estilo. Como se ve, en el país tenemos un sólido imaginario de culto al ocio.

En contraposición, suele decirse que “el trabajo no es un dolor de muelas” o que “el trabajo es una bendición”, y también hay imágenes de reconocimiento al valor del trabajo y sus frutos, como se expresa en algunas danzas tradicionales de las entradas folklóricas del mundo andino, cuando grandes grupos de bailarinas y bailarines portan orgullosos los símbolos de su oficio u ocupación. Así, pueden verse a llameros, aguateras y tejedoras con sus correspondientes figuras alusivas y, una verdadera delicia cultural, a los miembros de poderosas fraternidades de comerciantes bailar al compás del ronco sonido de matracas con forma de televisores y computadoras, de brillante colorido.

El trabajo manual era una deshonra para los señores feudales, y varios historiadores han achacado a la herencia española colonial en América Latina el desapego a la labor de ese tipo; lo mismo que la ambición, presente aún y muy generalizada, de tener sólo doctores en la familia. Sin embargo, hay religiones que impulsan el trabajo como la mejor forma de llegar al cielo, y el habla común abunda en máximas como “A dios rogando y con el mazo dando”, lograr algo con “el sudor de la frente” o “sudar la gota gorda”, en clara alusión a que no bastan las intenciones ni las necesidades ni las rogativas si no se hacen esfuerzos propios.

De todos modos, hay varios cultos religiosos vinculados a la solicitud de dones que aligeren la carga del trabajo de las y los creyentes, proporcionando mágicamente riqueza, salud y bienestar. Así, vemos a fieles bailando para la Virgen como parte de promesas vinculantes por tres o más años, a cambio de ciertas peticiones, o cambiando piedras o comprando miniaturas que representan los objetos de deseo. En fin, a nadie hacemos mal solicitando favores, si al mismo tiempo trabajamos para hacerlos realidad, aunque creamos que nos los otorgó una fuerza divina.

Yo me quedo con la imagen del trabajo como una dimensión inherente a la alegría y a la dignidad humanas, como esfuerzo productivo en faenas sobre la tierra y sus frutos, o detrás de una máquina o un mostrador; el trabajo como medio para lograr la prosperidad y capaz de hacernos crecer en valoración y respeto. Por eso, las luchas de las mujeres, feministas y no feministas, estuvieron siempre vinculadas a temas de trabajo: acceso a mejor educación para el trabajo, salarios justos, igual remuneración por iguales responsabilidades entre mujeres y hombres e igualdad de oportunidades para ingresar sin exclusiones en todos los campos laborales.

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