Columnistas

Bergman, Eichmann y los justos

La Razón (Edición Impresa) / Javier Cercas

00:00 / 02 de enero de 2014

Qué tienen en común un genio del bien y un genio del mal? ¿Hay algo que une, aparte de su condición de humanos, a Ingmar Bergman y a Adolf Eichmann, a uno de los mayores talentos de la historia del cine y uno de los mayores criminales de la historia de la humanidad, el ingeniero nazi del exterminio de los judíos europeos? ¿Puede existir un vínculo relevante entre la visión del mundo de un hombre que se dedicó a crear y la de otro que se dedicó a destruir, la de un hombre que iluminó el mundo y dejó tras sí un reguero de belleza y de irresolubles complejidades y la de otro que oscureció el mundo y que dejó a su paso un reguero de simplicidad letal y de inconcebible destrucción?

Estas preguntas me asaltaron mientras veía no hace mucho Un especialista, documental de Rony Brauman y Eyal Sivan realizado con las imágenes grabadas por Leo Hurwitz durante el juicio que, a finales de 1961, se le instruyó a Eichmann en Jerusalén. Poco antes había visto La isla de Bergman, obra de Marie Nyreröd. Allí, un Bergman crepuscular habla a tumba abierta de todo o de casi todo, y en algún momento la entrevistadora menciona a los nueve hijos que el cineasta tuvo en sus diferentes matrimonios y le pregunta: “¿No tienes remordimientos por haberlos abandonado?”. Bergman responde casi sin pensarlo, como si hubiera reflexionado mucho sobre el asunto. “Los tenía”, reconoce. “Hasta que descubrí que tener remordimientos por algo tan serio como abandonar a tus hijos es puro teatro, una forma de vivir con un sufrimiento que no es comparable al sufrimiento que has causado”. La respuesta me impresionó. Volví a recordar a Spinoza, que afirma que el remordimiento es uno de los dos peores enemigos del género humano (el otro es el odio), una cosa repugnante y triste que a larga nos destruye, y me dije que la de Bergman es la respuesta de un hombre libre, valiente y honesto, que conoce a los hombres y sabe que es indigno añadir al pecado de haber cometido un error el pecado de sufrir por haberlo cometido. Esto explica que días más tarde, mientras veía el documental de Brauman y Sivan, sintiera un escalofrío al oírle pronunciar a Eichmann unas palabras parecidas a las de Bergman. Hacia el final del juicio el fiscal le pregunta al reo si se siente culpable del asesinato de millones de judíos. “Desde el punto de vista humano, sí”, responde Eichmann. “Porque soy culpable de haber organizado las deportaciones”. Y añade: “Pero los remordimientos son inútiles, no resucitarán a los muertos. Los remordimientos no tienen ningún sentido. Los remordimientos están bien para los niños. Lo que importa es encontrar la forma de evitar estos hechos en el porvenir”. ¿Tenía razón Eichmann? ¿Cómo es posible no sentir remordimientos por haber provocado la muerte de millones de personas? Salvando por un momento la insalvable distancia entre el error de Bergman y el crimen de Eichmann, ¿unía de verdad ese rechazo del arrepentimiento al genio del bien y el del mal? ¿Cómo? ¿Un mismo precepto ético puede ser honesto y valiente en labios de una persona y abyecto y cobarde en labios de otra? ¿O todo depende de la diferencia entre un crimen horrendo y un simple error moral? ¿Quedaba en el antiguo SS algún rastro de decencia?

Una respuesta a esos interrogantes (o lo que entonces me pareció una respuesta) llegó acto seguido, en el mismo documental, cuando, poco después de aceptar que era culpable del exterminio de los judíos, Eichmann lo negó, recuperando su línea de defensa habitual en el juicio: consideraba lo ocurrido con los judíos un crimen monstruoso, pero él solo pudo obrar como obró, porque no era más que un técnico y estaba obligado por su juramento de obediencia a hacer lo que hizo; por tanto, en su fuero interno se sentía “libre de toda responsabilidad”. La primera diferencia entre Bergman y Eichmann es, claro, el tamaño de sus errores; la segunda tampoco es banal: Bergman acepta del todo su responsabilidad; Eichmann, solo en apariencia: en realidad la rechaza.

Pascal observó que solo existen dos clases de hombres: los unos, justos que se creen pecadores; los otros, pecadores que se creen justos. Bergman quizá era un pecador, pero, a diferencia de Eichmann, no se creía un justo. Esa es quizá la primera condición para ser un justo.

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