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Bilis

No hay justificativo para la mutilación que realiza Emaverde a los árboles más bellos de la ciudad

La Razón / Carlos Villagómez

00:34 / 02 de octubre de 2012

No se puede estar siempre de buenas, y en estos meses del amor y la primavera despacharé unos comentarios escritos con bilis. Prometo que la siguiente entrega será plena de dulzor y ternura.

Usted y mi persona somos testigos de algunas costumbres de sus habitantes que son estupideces y estamos hasta el copete con esas majaderías. Son actos inhumanos en pleno siglo XXI (o si prefieren en pleno año 5520) que nuestra sociedad urbana no puede explicar su origen ni tampoco su tenaz ejercicio cotidiano. Junto a algunos nuevos, volveré a mencionar otros, sabiendo que mi berrinche caerá en saco roto y llegará casi inaudible a los oídos más sordos del medio, a saber: de las autoridades. Van, simple y llanamente, por razones terapéuticas:

1) Detesto estar secuestrado, sitiado, dinamitado, petardeado, bloqueado, incendiado, gasificado cada vez que a cualquier sector se le ocurre “defender” un “pliego petitorio”.  2) Me indigna, más aún, la pasividad de las autoridades estatales, departamentales y municipales ante esos crímenes de lesa humanidad que cada día soportamos los habitantes de esta afligida ciudad. Los paceños y paceñas nos hemos acostumbrado a sobrellevar el país (en estos tiempos de democracia morbosa) por masoquistas, impasibles y porque, parece, se pueden sembrar rábanos en nuestras espaldas.

3) Abomino el intenso tráfico en un pequeño pueblo como el nuestro. A ello, sumo el abuso inmisericorde de las bocinas que sin ningún sentido salen estridentes de manos de algún troglodita del transporte público y privado. 4) Desprecio a los técnicos encargados de “planificar” las obras a última hora y ocupan ambas aceras, dejando el paso peatonal convertido en fosas mortales y montañas de escombros. Como los transportistas confunden el SOAT con una licencia para matar, todos arriesgamos las vidas al caminar obligados por la calzada. 5)

Odio a los semáforos de esta ciudad que carecen de luz amarilla para la defensa de los peatones. Si la tienen,  dura fracciones de segundo y se larga a tu cacería una horda de exaltados conductores. 6) Estoy hasta la madre con la mutilación que realiza Emaverde a los arboles más bellos y frondosos que pueden encontrar en esta ciudad. Los insensibles hombres-sierra gozan al verlos reducidos a muñones. He consultado con paisajistas y biólogos y no hay razón ni justificativo técnico para semejante masacre medioambiental.

Lo dijo Sennett: las ciudades como la vida misma son paradojas construidas de “carne y piedra”. Personalmente acotaría: son como toda relación humana, una experiencia sostenida con bondades y maldades, preservada con verdades y mentiras, elevada con quimeras o postrada con falsedades, cuya historia es y será escrita con una tinta agridulce de miel y bilis.

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