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A Bill Clinton le espera un histórico rol: salvar a los hombres del naufragio de la masculinidad

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

02:37 / 21 de abril de 2015

Honrar a tu esposa es la primera y única ley del first gentleman. Ley sabida desde el primer momento por Denis Thatcher y Joachim Sauer, el marido de Angela Merkel, quienes se sumergieron en la oscuridad del anonimato cuando sus esposas asumieron el poder. Algo similar les sucede a los maridos de las mujeres de alta función política que deambulan en las esferas del poder como si no tuviesen pareja. Esos hombres no tienen necesidad de la atención pública y muchos menos se espera que cumplan un rol decorativo; a ellos la opinión pública les llama simplemente loosers (perdedores). Éste es el tabú que ha creado una sociedad anquilosada en modelos masculinos de poder.

Si Hillary Clinton se convierte en la primera mandataria de EEUU, Bill Clinton asumiría el papel de first gentleman de la nación más poderosa de la tierra... No me podría imaginar a Billy en una reunión del G-8 visitando museos con las otras primeras damas o haciendo obras de caridad, mientras Hillary discute los principales problemas del planeta. Bill tendrá que manejarse en un terreno que bien conoce, la arena política convertida en un reality show, donde es más importante lo que se aparenta que lo que se vende.

Así como Obama se convirtió en el primer presidente negro de EEUU, hoy Hillary pretende ser la primera mujer presidenta, y Ted Cruz, el primer latino presidente. Pero la realidad inhibe todas las expectativas. La figura simbólica de Obama no ha ayudado a los negros a salir del pozo, Hillary solo usa el discurso feminista para apalancar su carrera política, y Ted Cruz será más duro con los latinos que sus predecesores anglosajones. Ninguno de ellos está casado con una causa, sino que son personas que quieren tener el poder en sus manos.

Hillary prefiere vender su imagen de perfecta esposa, madre, abuela, en lugar del ícono pop feminista. En su periodo como secretaria de Estado se rodeó de militares y consejeros masculinos; echó por tierra todo el orgullo femenino cuando iba a Medio Oriente portando el velo y asumiendo que los machos no le dieran la mano. La misión de Hillary no es solucionar los problemas globales de las mujeres, ella es solo una pieza de la cultura masculina que abre espacio para perpetuar sus valores, dando la ilusión de participación efectiva. Me acuerdo cuando terció con Obama por la candidatura demócrata, ella apenas mencionó al sexismo y nunca habló de género. Lo único que hizo fue quejarse de que las mujeres y organizaciones proaborto le dieron la espalda y apoyaron a su contrincante.

“Las mujeres estamos siempre como presentando un examen”, dijo alguna vez Hillary. El examen que tiene al frente será el más duro de su carrera, deberá vencer dos grandes obstáculos. En primer lugar, la muerte del embajador americano en Benghazi, lo que arruinó su carrera como Secretaria de Estado. Hillary es pura diplomacia y en EEUU ésta no se entiende sin las armas. Segundo, la mancha de Monica Lewinski que, como aquel vestido azul maculado por el semen de Bill, la perseguirán por el resto de su vida. Ella pudo perdonar a Bill, pero la gente no le perdona que ella hubiera hecho con él esa concesión.

Espero que sea elegida presidenta, formando una nueva dinastía política, tradición que siguen los Bush en EEUU. No espero un rol revolucionario en su gestión. De quien tengo esperanzas que lo remueva todo es de Bill Clinton. Él podrá reivindicarse como cónyuge y hombre. Espero que abandone la sombra y el segundo plano, que deje de recaudar fondos de campaña y asuma un papel más activo. A él le espera un histórico rol como first gentleman: el salvar a los hombres del naufragio de la masculinidad. Mostrar que el hombre en segundo plano es tan capaz como en el primero.

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