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Biodiversidad

Esta variedad y riqueza de ecosistemas nos brinda los servicios esenciales que necesitamos.

La Razón / Raúl Pérez Albrecht

01:47 / 11 de febrero de 2013

Bolivia está entre los 20 países más megadiversos del planeta. Esta frase se repite una y otra vez para llamar la atención sobre el potencial de recursos naturales renovables que tiene nuestro país.

La realidad muestra que se ha avanzado en la generación de ingresos por el aprovechamiento de la castaña, madera, cacao silvestre, cueros de lagarto y copoazú. Este listado inicial sólo es una pequeña muestra de los posibles productos renovables, con alto potencial económico y comercial.

Respecto a los recursos genéticos, destacan los bancos de papa y el potencial existente en los fármacos naturales de nuestras plantas y animales, para la generación de medicinas, capaces de revertir las grandes enfermedades que azotan a la humanidad (VIH, cáncer, otras).

Demás está decir que esta situación privilegiada a nivel mundial también representa el sustento de nuestra vida diaria, ya que esta variedad y riqueza de ecosistemas nos brinda los servicios esenciales que necesitamos para vivir (aire puro, regulación climática e hídrica, fertilidad de suelos, agua limpia).

Por otro lado, hay una realidad climática global, que nos condena a tener que adaptarnos a los cambios y a los desastres naturales. En los últimos diez años, estos eventos, según información proporcionada por el Instituto Nacional de Innovación Agrícola y Forestal (INIAF), le costaron al país más de $us 800 millones, afectando a más de 300 familias.

En este sentido, surge la pregunta, ¿de qué nos sirve tanta biodiversidad frente a esa realidad? Entre las conocidas respuestas, tenemos que nuestros ecosistemas vienen limpiando la sobrecarga de dióxido de carbono existente en la atmósfera, producida por los países industrializados.

¿Pero, esto es suficiente? No, por ello, el desafío es profundizar el actual conocimiento, promoviendo el rescate de los saberes que tienen nuestros pueblos indígenas y campesinos, respecto a nuestra diversidad biológica. El resultado previsiblemente ¡será sorprendente!, no sólo por los beneficios ya citados, sino además para la prevención de riesgos climáticos.

¿Se imagina que desde siempre nuestra biodiversidad estuvo alertando sobre estos riesgos? Pues sí, este diálogo se mantuvo vigente entre nuestros pueblos indígenas y campesinos con la Madre Tierra. Por ello es una responsabilidad del Estado y de la sociedad rescatar y valorizar este saber local y ancestral, para vincularlo al conocimiento científico. Esta sinergia no sólo permitiría elaborar estrategias y políticas para la gestión de riesgos, sino sobre todo nos ayudaría a recuperar la relación armónica que nunca debió perderse entre el hombre y la mujer con la naturaleza.

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