Columnistas

Bogotá para escuchar

Bogotá suena contemporánea, y el continente todo resuena. Aunque llueva

00:03 / 23 de febrero de 2014

La música contemporánea tiene cita en Bogotá. Por las tardes la lluvia lava la atmósfera agredida, y de paso me lava el alma. Se congregan jóvenes audiencias para asomar al ideal estético de los revolucionarios de los 60, hoy abuelos. Eduardo Herrera ha estudiado con rigor las tendencias emergentes del Centro de Altos Estudios Musicales, activo durante esa década en Buenos Aires, con impacto continental. Venimos de ellos, dice. Y es cierto. Y los retrata en espejo, y todos nos miramos en él.

“El ruido de las balas no permite escuchar las ideas” está escrito en grandes caracteres a lo largo del muro catedralicio en La Candelaria. La Plaza de Bolívar esparce vitalidad sanguínea hacia Carrera 7ma, y el Museo del Oro en domingo es de acceso libre. 

Daniel Añez llega desde Canadá con un piano instalado en el corazón. Lo despliega y le arranca un nuevo idioma latinoamericano. Toca con tal fuerza, entrega y refinamiento, que el auditorio no respira desde hace una hora y cae rendido en una atmósfera envolvente de creciente emoción que este prodigio ha diseminado con su lámpara negra.

Se abre el debate sobre la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos cuya propuesta sustenta la incorporación de herencias a procesos dinámicos de la cultura, lo digo en conferencia. ¿Qué es herencia?, dicen. ¿No será más bien apropiación? ¿”Experimental…”? El Museo del Oro exhibe un siku de seis y siete tubos (en par como los altiplánicos). “Con música y danza se festejaba el renacimiento del difunto en otro mundo”, revela la señalética.

Las Siete piezas en el espíritu del Zen, del colombiano Johann Hasler, inunda de silencios el auditorio. Una quietud se apodera del tiempo con esporádicas implosiones metálicas, sugerentes, sutiles. El ensamble Óctopus explaya hechizo invocando ahora a Cage. “Estados Unidos es parte de Latinoamérica”, había dicho por la tarde Herrera, abriendo el espectro de comprensiones, desafiante.

“La no-discursividad en la música latinoamericana para piano” es el marco que Añez propone para la definición de una posible identidad actual. Descifra las partituras de Paraskevaídis y Bértola proponiendo el sano ejercicio de mirarnos volcando el horizonte. El piano es nuestro, el tiempo es otro. El tiempo es nuestro, el piano es otro.

Al Taller de Composición asisten jóvenes de universidades. En Bogotá hay más universidades que iglesias; y hay muchas iglesias. ¿Componer desde el impulso, o desde la razón? La escritura musical es condicionante. ¿Escribir es componer? Controlar o liberar, esa es la cuestión. Se encontrarán ahora compositores e intérpretes; los jóvenes, los que vienen, o los que ya llegaron, tal vez. A ver qué se dicen, y qué hacen juntos. ¿Juntos?

Rodolfo Acosta es un agitador. No se inmuta ante el graffitti sobre el ruido de las balas, pero —caray— cómo hace escuchar sus ideas. Compositor referencial de esta Colombia bullente, remueve el pensamiento en unos y en otros, conecta cables, forma cortocircuitos, arma encuentros y desarma incongruencias, cree en él la redención por el sonido, y traspira cuando come ajiaco. Bogotá suena contemporánea, y el continente todo resuena. Aunque llueva.

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