Columnistas

Boicot a los académicos israelíes

Responsabilizar a todos los ciudadanos por las políticas de su gobierno es una forma de racismo.

La Razón (Edición impresa) / Umberto Eco

00:00 / 02 de diciembre de 2012

En enero de 2003 escribí un artículo lamentando el hecho de que The Translator, una revista académica británica, se hubiera unido a otras publicaciones del Reino Unido en el boicot académico de las universidades israelíes, en protesta por las políticas del primer ministro israelí Ariel Sharon. Mona Baker, editora de The Translator, había sido una firmante de la carta abierta anunciando el boicot. Poco después, ella invitó a dos académicos israelíes del consejo editorial a que presentaran su renuncia. Los intelectuales en cuestión, la doctora Miriam Shlesinger y el doctor Gideon Toury,  estaban en contra de las políticas de Sharon, pero esto no hizo diferencia alguna para Baker.

En mi crítica, observé dos cosas: Una, que es necesario hacer una distinción entre las políticas gubernamentales de un país (o incluso su Constitución) y el fermento cultural que está actuando dentro de él. Segundo, señalé implícitamente que hacer responsables a todos los ciudadanos de un país por las políticas de su gobierno era una forma de racismo. No hay diferencia entre aquellos que manchan así a todos los israelíes y quienes mantienen que, dado que algunos palestinos cometen actos de terrorismo, deberíamos bombardear a todos los palestinos.

Meses atrás, en Turín, apareció una carta abierta bajo el patrocinio de la rama italiana de la Campaña para el Boicot Académico y Cultural de Israel, una red de académicos y organizaciones que trabajan para obligar a un cambio de las políticas israelíes mediante el boicot de las instituciones israelíes. Este documento, orientado a censurar al Gobierno de Israel por sus políticas, incluye esta declaración: “las universidades y académicos israelíes han apoyado totalmente y apoyan a su Gobierno y, como tal, son cómplices de sus políticas. Las universidades israelíes también son los lugares donde parte de los proyectos de investigación más importantes se llevan a cabo sobre armas nuevas, basadas en nanotecnología y sistemas tecnológicos y psicológicos para controlar y oprimir a la población civil”.

En la carta, una especie de manifiesto, estos académicos exhortan a la gente a abstenerse de tomar parte en cualquier forma de cooperación académica y cultural, incluyendo la colaboración con instituciones israelíes. También sugieren suspender todas las formas de financiamiento y subsidios.

Si bien yo estoy en completo desacuerdo con las políticas del Gobierno israelí, es una mentira declarar, como lo hicieron en su carta los boicotistas italianos, que las universidades y académicos israelíes “casi totalmente” apoyan al Gobierno de su país: muchos intelectuales israelíes siguen argumentando vigorosamente contra las políticas de su Gobierno. Por ejemplo, el colectivo Call for Reason (o JCall) judío europeo produjo recientemente un exhorto contra la expansión de los asentamientos israelíes, firmado por un gran número de intelectuales judíos europeos. Causó un revuelo, demostrando que el debate persiste tanto dentro como fuera de Israel.

Además, esto es ilógico. ¿Por qué debe ser ese boicot tan amplio? ¿Deberíamos boicotear a los filósofos chinos para que no asistan a las conferencias porque Pekín ha censurado a Google? Si los físicos en Teherán o Pyongyang estuvieran colaborando activamente en la fabricación de armas atómicas para sus países, entonces sería comprensible que sus iguales en Roma u Oxford prefirieran romper todas las relaciones institucionales con ellos. Pero no veo por qué desearían romper relaciones con académicos que trabajan en campos no relacionados: todos perderíamos el diálogo acerca de la historia del arte coreano o de la literatura persa antigua.

Mi amigo, el filósofo Gianni Vattino, está entre los partidarios del llamado más reciente para un boicot. Veamos hipotéticamente, por diversión, si él estaría de acuerdo: supongamos que en ciertos países extranjeros circulan rumores de que la administración italiana está tratando de  socavar el principio sagrado democrático de la separación de poderes, al deslegitimizar el sistema judicial, algo que Silvio Berlusconi hizo con el apoyo de un partido político racista y xenofóbico. ¿Le agradaría a Vattino, quien fue un duro crítico del gobierno de Berlusconi, que las universidades estadounidenses protestaran contra las políticas italianas no invitándolo a él a ser un profesor visitante, o que comités especiales adoptaran medidas para remover todas sus publicaciones de las bibliotecas de EEUU? Creo que clamaría injusticia, y que sentiría que esas acciones eran equivalentes a culpar a todos los judíos de deicidio, porque el Sanhedrin estaba de mal humor el Viernes Santo.

Nadie aceptaría que todos los rumanos son violadores, todos los curas pedófilos y todos los académicos de Heidegger son nazis. Igualmente, ninguna postura política o polémica contra un gobierno debe condenar a toda una raza o cultura. Este principio es particularmente importante en el mundo literario, donde la solidaridad global entre académicos, artistas y escritores siempre ha sido una forma de defender los derechos humanos a través de todas las fronteras.

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