Columnistas

Boko Haram: un huracán negro

La notoriedad de Boko Haram ha ido creciendo hasta rebalsar sus bastiones provinciales

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

02:44 / 14 de marzo de 2015

El planeta observa azorado un concurso mundial de barbarie. Se trata de usar los medios de comunicación y las redes sociales para difundir imágenes truculentas de decapitaciones, violaciones y destrucción de sitios protegidos, para trepar en la escala de atrocidades con el fin de estremecer a la opinión pública y asustar a sus enemigos, en un campeonato por saber cuál segmento del islamismo radical es el que mayor daño físico y psicológico causa al adversario.

En esa siniestra competencia, hace relativamente poco tiempo un grupo armado africano apodado Boko Haram, que quiere decir “la educación occidental es pecado”, comenzó a crecer y a expandirse desde el norte de Nigeria a los países vecinos, tratando de imponer su evangelio de odio desenfrenado y desubicado hasta en su errada interpretación del credo coránico.

Este grupo terrorista comenzó siendo una secta animada por Mohamed Yusuf, un predicador callejero que repetía sin cese Boko is haram, postulando una sociedad estrictamente islámica, sin llegar a incitar a la violencia, menos a la jihad (la guerra santa). Sin embargo, ya en 1999, en el Estado de Borno, los niños asistían a las escuelas coránicas y las mujeres vestían el hiyab y debían usar el transporte urbano separadas de los hombres. Yusuf luchaba por imponer la charia (ley islámica) como sistema legal sin reconocer leyes similares incorporadas en los códigos federales de esa inmensa nación (180 millones de habitantes), mitad musulmana y mitad cristiana.

Los múltiples encarcelamientos de Yusuf promovieron la ampliación de sus seguidores, hasta el 30 de julio de 1999, cuando fue asesinado frente a una comisaría de policía. El Gobierno nigeriano se declaró complacido, afirmando que su muerte evitaría que continúe lavando el cerebro de los jóvenes. Pero sucedió lo contrario, Yusuf se convirtió en un ídolo de las masas norteñas, fatigadas por la corrupción de las élites políticas que se nutrían con los ingentes ingresos de la exportación petrolera.

No tardó mucho tiempo para que Abubakar Shekau (40) asumiera las riendas del movimiento hasta hoy, conduciéndolo a la lucha violenta de la jihad, como testimonian los numerosos atentados, asaltos y exacciones perpetradas bajo su dirección. Hechos que han impulsado al Gobierno de Estados Unidos a ofrecer 7 millones de dólares de recompensa a quien proporcione datos para su captura.

Desde sus primeras incursiones en 2009, hasta sus audaces golpes como el secuestro de 223 colegialas, la notoriedad de Boko Haram fue creciendo hasta rebalsar sus bastiones provinciales, amenazando la estabilidad nacional. En los últimos meses sus huestes calculadas en 10.000 combatientes han avanzado hasta las fronteras de Benín, Camerún, Níger y Tchad, impulsando a estos países a conformar una coalición multinacional, con ayuda norteamericana y europea, para contener el avance terrorista, que no sobrepasa los 8.000 hombres.

Lo evidente es que Boko Haram se ha regionalizado y últimamente, por boca de su líder máximo, se ha plegado a las órdenes de Abu Bakr al Baghdadi, reconociéndolo como el califa del mundo musulmán. Los efectos colaterales del avance de los insurgentes hacia aldeas vecinas son, entre otros, los miles de refugiados que día a día atraviesan a pie las fronteras con Níger o Tchad, en busca de seguridad y sustento. Es decir se repite el panorama implantado en la Mesopotamia por el funesto Estado Islámico, con la diferencia de que su versión africana carece de los pozos petroleros explotados por el califato y de la sofisticada incursión en los medios, manipulada por sus cuadros europeos. 

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