Columnistas

Bolivia, país de inclusión

Nuestras creencias y prejuicios nos han colocado en una actitud bastante poco humanista

La Razón (Edición Impresa) / Gabriela Ichaso Elcuaz

00:00 / 20 de noviembre de 2014

No me dejes fuera, dice el lema que acompaña el lanzamiento de la campaña presentada por el Ministerio de Comunicación con la imagen de una persona en silla de ruedas. Podríamos acordar primero lo que se entiende por exclusión, y está claro que será un proceso tan largo como el que tomó eliminar el concepto de raza —negra, blanca y amarilla— reconocido oficialmente hasta el siglo pasado.

Es que la inclusión, el antónimo de exclusión, pasa por reconocer que nuestras creencias y prejuicios nos han colocado en una actitud bastante poco humanista y poco o nada predispuesta a deshacernos de las etiquetas con que apodamos a quien observamos una apariencia o un comportamiento diferente a un estereotipo determinado.

La Constitución Política del Estado, en un intento por garantizar los derechos iguales de las personas sin ningún tipo de discriminación, incurre en la utilización de los términos inclusión e integración, que para este fin son sinónimos.

Para decirlo corto y claro, la discriminación es aquella acción que excluye y desintegra de los derechos fundamentales, civiles y políticos de cualquier persona —alta, baja, pelirroja, morocha, gorda, flaca, con mayor o menor movilidad, silenciosa o parlanchina, inquieta o sedentaria, vieja o joven, etcétera— además de su origen, orientación sexual, identidad, filiación, ideología, fe, filiación, idioma, cultura, grado de instrucción, discapacidad, por cualquier razón o motivo, exceptuando aquellos previstos como delitos o prescritos como requisito para el ejercicio de dichos derechos.

Tenemos un largo camino por recorrer en tiempos en los que se ha avanzado mucho en derechos de las personas y, sin embargo, la exclusión persiste a cada instante y en todos lados. Los movimientos como el feminismo han logrado mucho en este sentido, aún cargando con el estigma —otra vez las etiquetas— de ser constituido por mujeres que están en contra de los hombres. También esa falacia se cae a pedazos, menos mal, cuando se observan los logros alcanzados.

Nos falta desaprender y reaprender para comprender y modificar la actitud, y eso pasa —otra vez— por una acción que atraviese el corazón de las políticas públicas, incluyendo, integrando, incorporando, las iniciativas ya existentes en todo el país: escuelas alternativas, centros de apoyo, instituciones solidarias, asociaciones de padres... Toda una movida real y necesaria que va más allá de las discapacidades y las etiquetas. Son iniciativas de personas que viven excluidas porque los “capacitados” las etiquetaron como diferentes, y ser diferente no es ser menos. Es ser humano igual.

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