Columnistas

Bolizuela

Ni a los líderes caris-máticos ni a las masas les interesan la trans-parencia y los controles independientes

La Razón / Óscar Díaz Arnau

00:00 / 15 de octubre de 2012

El término, por si acaso, no es invento mío. Alguien en alguna web venezolana lo acuñó en 2008 para exponer una semejanza dada, según el autor aventajado, entre Bolivia y Venezuela en un tiempo preciso y sobre un tema en particular: la violencia contra periodistas. Yo seré más obvio al referir con tan simpática combinación de sílabas a la analogía de los presidentes Evo Morales (Boli) y Hugo Chávez (zuela).

Bolivia festeja 30 años sostenidos de democracia y conviene chequear la salud de esta joven que amenaza con madurar a fuerza de experiencias. Venezuela acaba de demostrar cuán robustecida se encuentra, pese a la terrible enfermedad de su re-re-reelecto presidente. No hace falta una agudeza clínica para distinguir las similitudes políticas de un país y otro. Sí, quizá, para diferenciar entre el admirable ejercicio democrático de sus pueblos y las actitudes en contracorriente de sus mandatarios.

Los pueblos de Bolivia y Venezuela, democráticamente hablando, presentan un desarrollo vigoroso, con sistemas de gobierno refrendados una y otra vez en las urnas. Sus mandatarios, un retroceso cancerígeno, azuzado por medidas pertinaces que, todavía respaldadas con el voto ciudadano, les hace chapotear en las márgenes de la autocracia; es decir, jugar a mojarse al borde de una democracia con muerte segura.

Antes de que Bolivia se convirtiera en Bolizuela, cuando Chávez no influía en las decisiones de nadie, sobraban motivos para creer que la República (eso era) seguiría mucho tiempo dominada por el espíritu democrático que debemos a mujeres y hombres reconocidos como mártires. Es posible que la realidad de la mayoría de los bolivianos fuese entonces más o menos desesperante que ahora, pero no se vislumbraban riesgos para la democracia por irreflexión de caudillo alguno.

En Bolizuela se practica la democracia de los “líderes carismáticos”, como les llama Peter Drucker a los mandatarios de la clase de Morales y Chávez. “¡Cuidado con el carisma!”, escribe él en The New Realities (1989) antes de citar a los cuatro “gigantescos líderes carismáticos” del siglo pasado: Stalin, Mussolini, Hitler y Mao. Sería de necios comparar ciegamente a unos con otros; está claro que estos cuatro se ubican a una distancia apreciable de aquellos dos. Sólo se trata de carisma.

El problema de los líderes carismáticos es que necesitan imperiosamente de las masas y éstas, como decía Gustave Le Bon, de su “jefe”, de su “dueño y señor” para sobrevivir. “La multitud es un dócil rebaño incapaz de vivir sin amo”, decía por su parte Freud. Por eso, hoy, estos líderes se vuelcan fácilmente al populismo, por eso prefieren el resultado inmediato de la política del rentismo antes que la apuesta a largo plazo de una matriz productiva integradora de los sectores público y privado.

Ahora bien, ni a los líderes carismáticos ni a las masas les interesan la transparencia y los controles independientes. Varios autores coinciden en esto y en que el poder hegemónico es sinónimo de corrupción, característica inherente de los gobiernos que se perpetúan en el mando. En Bolizuela, nada importa más que el poder hegemónico (“Ojalá desde diciembre... podamos tener realmente el poder... que el poder lo tenga el pueblo significa que tengamos el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y el Poder Judicial”: Evo Morales, EFE, 18/05/2009).

Con dueños y señores, las democracias continúan la tradición de los regímenes autoritarios. No lo digo yo, por si acaso, sino autores aventajados. Los líderes carismáticos del siglo XXI —esto sí lo digo yo— con su incontinencia verbal, piden a gritos un pañal en la boca.

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