Columnistas

Bomba de tiempo

La Paz ha llegado a un punto de saturación urbana tal, que está expuesta a múltiples riesgos.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:00 / 13 de septiembre de 2016

En un reportaje (una excelente separata) que cubrió el incendio de la Casa Azul 585, este matutino calificó a la zona de la Huyustus como una “bomba de tiempo”; y sobran las razones para semejante calificativo. Van tres incendios y las autoridades pertinentes tratan de normar y prevenir estos riesgos latentes. Hay que reconocer, además, que el Cuerpo de Bomberos trabajó intensamente para sofocar el incendio a pesar de las acciones criminales de otros gremiales, angurrientos y mezquinos, que bloquearon su ingreso. Posteriormente, las autoridades municipales realizaron las primeras acciones para destapar lo sucedido y surgieron los consabidos problemas: edificaciones clandestinas, calles tomadas, ausencia de medidas de seguridad, construcciones de pésima calidad, entre otros.

Aparte de las recomendaciones y medidas urgentes que muchos expresan (hidrantes, extinguidores, control aduanero, etc.) me permito insistir en algunas reflexiones estructurales. Primera: casi toda la ciudad de La Paz es una bomba de tiempo. Llegamos a un punto de saturación urbana que estamos expuestos a múltiples riesgos: deslizamientos, incendios, riadas o mazamorras. Colmamos en exceso redes de alcantarillado, anegamos canalizaciones y entubamientos de ríos obsoletos, sobrecargamos un suelo geotécnicamente inestable; y todo ello, sobre una abigarrada y constreñida estructura urbana.  

Segunda: esa saturación es consecuencia de un modelo de desarrollo urbano que impone la ciudad sobre el campo, la segregación y la tugurización, el paradigma del progreso material sobre el desarrollo humano, el desequilibrio medioambiental, la plusvalía de la propiedad privada, la creencia en la eficiencia y la competitividad, y otras lindezas propias de un desarrollo capitalista dependiente. A pesar del discurso socialista de hoy en día, todavía alucinamos con el desarrollo urbano de Los Ángeles o Shenzhen, todavía nos encandilan las megaciudades. Tercera: por ese espíritu colonizado y malformado es que concentramos movimientos y capitales en barrios con los valores más altos del mercado inmobiliario como la zona Sur o el barrio Gran Poder, donde el lote vale 2.000 dólares o más por metro cuadrado. Ergo: busco el máximo provecho, construyo más pisos de lo permitido, no pierdo plata en retiros y, para remate, ocupo la calle como me plazca.

Este “progreso” urbano de una sociedad que vive para el lucro, que no respeta normas municipales ni cree en la convivencia urbana, es una bomba de tiempo. Una bomba que no la vemos  porque estamos narcotizados con la fiesta, la noticia política y el melodrama futbolero. Somos una sociedad que no le interesó cultivar valores.

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