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Bonei em

Lo cierto es que los movimientos cultu-rales urbanos ya rebasan las reflexio-nes académicas.

La Razón (Edición Impresa)

01:20 / 14 de febrero de 2017

El año 2015, una reconocida fraternidad de Gran Poder contrató para sus fiestas al cantante mexicano Cristian Castro. Al terminar su presentación el divo expresaba: “Los paceños son gente especial por vivir aquí. Cada uno tiene un lenguaje secreto y un código muy interesante. Me encantaría entender bien la cultura boliviana y desentrañar ese misterio”. Pues Cristian, aquí también, muchos queremos desentrañarlo.

Este año esa fraternidad trajo desde Europa a Bonei em (Boney M), y armó un fiestón con música disco de los años 70. El local extenso y abierto, con capacidad para miles de personas, quedó rebasado y multitudes de fans se apiñaron colgados en las laderas. Un éxito total. Además categórico, porque ese contrato colocó la vara muy alta.

Pero en la carrera de quién puede o tiene más, se rumorea que los próximos invitados de otras fraternidades de Gran Poder serán más espectaculares; ergo: la fiesta con la brida desbocada.

Nuestra pluriculturalidad y su proyección en este siglo son una verdadera caja de sorpresas. Pregunta al punto: ¿qué nexos pueden existir entre un grupo de morenos europeos, de música pegajosa y letras banales, con otros morenos, pero de naturaleza muy diferente? Según declaran sus fundadores, esa fraternidad “tiene la misión de cuidar la cultura”, tanto en el territorio boliviano como en sus filiales que se extienden desde Juliaca Perú hasta Roma Italia. En principio, pareciera que con Bonei em esto no se cumple, pero el asunto es más peliagudo.

Es evidente que en este milenio no existe espacio para una visión fundamentalista, estática y virginal, de nuestra cultura popular urbana. Los intercambios comerciales entre la zona de Chijini y el mundo globalizado son intensos, y el interés por aprender inglés o chino (antes que preservar idiomas nativos) es ampliamente mayoritario. Hoy en día, la cultura popular engulle las influencias y las presiones globales con enorme satisfacción convirtiéndolas a su gusto y medida en un rescoldo, lúdico y chispeante, difícil de comprender y fácil de saborear. ¿Es nuestro Manifiesto Antropófago a lo Oswaldo de Andrade? ¿Son mentes colonizadas?¿Una proyección cultural del abigarramiento de Zabaleta? No sé, lo cierto es que los movimientos culturales urbanos ya rebasan las reflexiones académicas, y entre el pensamiento erudito y la fiesta popular median velocidades diferentes.

Esa noche se tarareaba una sola palabra: “Rararasputín, Rasputín”. Lo demás no se comprendía. Mutismo total. Lo mismo sucede con las letras del rock anglosajón que bailamos y gozamos hace décadas. ¿Importa eso? No. Importa quién digiere esa influencia y quién construye cultural local.

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