Columnistas

Boquerón: dos sombras benditas

La guerra acaba de comenzar y el stronguismo ya ha regado de sangre oro y negro el campo de batalla.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:08 / 13 de septiembre de 2017

Sensacional descubrimiento, el gigantesco monolito de Tiahuanacu”. Con ese titular, el periódico La Razón informa el 3 de julio de 1932 del hallazgo en el templo de Kalasasaya de la estela Pachamama: siete metros de largo, 20 toneladas de peso y tres protuberancias debajo de los ojos que, según los entendidos, son lágrimas. Celoso de los trabajos de la comisión presidida por Mr. Wendell Bennett, el pueblo de Tiwanaku se niega al traslado del monumento a La Paz. Cinco días más tarde, el 8, La Razón titula en tapa: “Como la esfinge, el monolito esconde un impenetrable secreto”... o una maldición.

Ese mismo día “estalla” la Guerra del Chaco. Lo había hecho casi un mes antes, el 16 de junio, pero es el 8 de julio cuando los diarios informan: “Tropas bolivianas atacan el fortín Carlos Antonio López” (que controlaba Laguna Chuquisaca, Pitiantuta para los paraguayos). El 8 de julio también cumple años el presidente Daniel Salamanca, quien tres años después muere; enfermo, triste y derrotado.

Pero volvamos a la guerra, también maldita. Tras la agresión paraguaya al fortín Mariscal Santa Cruz, a orillas de Laguna Chuquisaca, uno de los centros de abastecimiento de agua, el presidente Salamanca hace jurar a todos los bolivianos en un acto multitudinario en la plaza Murillo y anuncia la ofensiva. El 21 de julio, el club The Strongest ofrece su concurso al Ejército. La carta del presidente stronguista, Víctor Zalles G., y del secretario general, Juan Aparicio Reyes, está dirigida al general jefe del Estado Mayor, Filiberto R. Osorio. El club oro y negro pide que se organice un regimiento especial de hinchas para ir a luchar al Chaco, para defender a la patria también en el frente de batalla.

Al día siguiente, una de las estrellas y capitán del primer equipo gualdinegro, el subteniente Renato Sainz, conocido como el Choco, internacional por Bolivia, marcha al Chaco. Es el primero en irse, será el último en volver. También el popular Fierito, Julio Vélez Otero, compañero half del Choco y trabajador de administración del periódico La Razón, anuncia su enrolamiento.  

Estos dos ejemplos son seguidos por los más de 1.000 socios y cientos de hinchas gualdinegros. Todos parten alegres. La orden de Salamanca se cumple el último día de ese mes de julio: Bolivia toma los fortines Toledo, Corrales y Boquerón. Pero las malas noticias no tardan en llegar: han caído dos insignes socios stronguistas. El subteniente Lucio Vila muere en la conquista de Toledo, y el teniente coronel Luis Emilio Aguirre (profesor, director de la Revistar Militar, intendente de la Policía de la ciudad de La Paz y perteneciente al regimiento Juana Azurduy de Padilla, séptimo de Infantería) es herido de muerte en la toma exitosa de Boquerón, el 31 de julio. Las palabras de Aguirre, a su llegada días antes a Villazón, son proféticas: “El pueblo de La Paz nos ha despedido en forma grandiosa, soldados, y es preciso corresponder a esa confianza y a esa efusión: o volvemos héroes o nos quedamos en los fortines”. Vila y Aguirre se quedaron, la historia los volvió héroes.

Semanas después, a mediados de agosto, el club The Strongest rinde homenaje póstumo en La Paz a los dos primeros consocios caídos en combate y pide que el fortín cambie de nombre, de Boquerón a Fortín Luis Emilio Aguirre, brillante jefe militar y exalumno del Colegio Ayacucho. La guerra oficialmente acaba de comenzar y el stronguismo ya ha regado de sangre oro y negro el campo de batalla, calando bayoneta. Tocan a gloria que ya marchan a la eternidad las sombras benditas de estos dos héroes de Bolivia.  

En 1933, un año después de su “descubrimiento”, el monolito Bennett es llevado a la ciudad de La Paz. En su traslado se cae el cielo, llueve a mares. Su “descubridor”, míster Wendell Clark Bennett, va a fallecer dos décadas después ahogado en una playa de una isla de Estados Unidos. Apenas tenía 48 años cuando se fue, justamente 20 años después del primer traslado de la estela, preludio de guerra. “El monolito esconde un impenetrable secreto, como la esfinge”... o una maldición.

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