Columnistas

Borracho estaba…

Es una bestia quien se ampara en su poder y en la debilidad de su víctima para cometer una violación.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 20 de enero de 2013

Quiero escribir pero me sale espuma, escribió una vez César Vallejo. A mí lo que me sale es bronca. Pido por eso disculpas de antemano a las bestias a las que voy a referirme.

Pues es una bestia el violador que se ampara en su poder circunstancial y en la debilidad de su víctima para cometer su crimen, y luego se disculpa alegando borrachera. Es una bestia el solícito ayudante que acomoda el espacio, apaga la luz, cierra la puerta y sonríe solapadamente al alejarse. Es una bestia el funcionario que al sospechar o descubrir lo sucedido, decidió callarse; y lo es también quien, para evitar sanciones, prescindió de los servicios de quienes podrían acusarle.

Pero hay más bestias en esta triste historia. Bestias son quienes difunden el video una y otra vez, amparándose para ello en la libertad de expresión, en la denuncia o quién sabe en qué patrañas. Me gustaría saber qué harían si la retratada en esa ignominiosa imagen fuera su esposa o su hija. Nadie defendió a la víctima cuando la violación se preparaba, ¿quién la defiende ahora? Los que se regodean explotando su indefensión y su vergüenza son tan violadores como lo fueron el criminal y sus cómplices.

Bestia es quien se refiere a este suceso como un “presunto” crimen, como si no tuviera ante sus ojos la realidad más brutal y contundente. Una mujer inconsciente no puede ser de ningún modo voluntaria participante. El hecho de que estaba borracha no la incrimina; al contrario, es su carta más evidente de inocencia. Bestias son quienes asumen que beber en una fiesta (o vestir minifalda, o salir de noche, o caminar sola por la calle) es una invitación al acoso o al sexo. Si beber hasta perder la consciencia fuera una invitación al sexo no deseado, todos los hombres de este país habrían sido alguna vez violados.

Bestias son también las voces que se levantan diciendo que “no se puede esperar otro tipo de actos con esa clase de gente”. De ese modo transforman la legítima indignación que muchos compartimos en una declaración racista: los actos bestiales de un grupo de individuos se generalizan para calificar a una nación entera. Clásico tropo del racismo: el “otro” es moralmente incapaz de gobernar, por tanto, el poder nos pertenece.

Y habiendo tanta bestia suelta en el paraje, lo que nos queda es ir, pues, a comer yerba: carne de llanto, fruta de gemido, como diría Vallejo: “Vámonos! Vámonos! Estoy herido; Vámonos a beber lo ya bebido”.

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