Columnistas

Bradbury de Truffaut

Las adaptaciones de la literatura al cine son creaciones ‘otras’ a partir de elementos de los libros

La Razón / Ana Rebeca Prada

01:07 / 20 de junio de 2012

Es un hecho que las adaptaciones de la literatura al cine, en la mayoría de los casos, son construcciones o creaciones otras a partir de algunos elementos de los libros. Tratar de encontrar el libro en la película es un ejercicio inútil, y tiende a poner en tensión dos géneros artísticos que difieren en lógica y lenguaje. Es el caso del maestro Truffaut y la novela Farenheit 451 (1953) del recientemente fallecido Ray Bradbury. En la película de 1966, el francés opta por fundir dos personajes (el de la adolescente Clarisse y el del profesor de literatura Faber) en una Clarisse personificada por Julie Christie, que es además una mujer y no una adolescente. Esto hace que se perfile como posible pareja del protagonista, Guy Montag, lo que se confirma al final. En la novela, como en toda distopía que se respete, se trata de romper los lazos del amor, de afecto.

Otra decisión interesante de Truffaut es la de darle a la esposa de Montag (a la que rebautiza como Linda) un rol más lúcido, más activo, cuando en la novela es adicta a los  calmantes y a una televisión interactiva que reemplaza a la familia, además de suicida. Muy a la Huxley, las personas están aquí entregadas tanto a las drogas como al entretenimiento y desconectadas de la realidad. En la novela, la esposa es un ente que, casi en un acto automático, delata al marido por tener libros en la casa. En película, esta delación es más conscientemente realizada. Además, J. Christie personifica tanto a Clarisse como a la esposa de Montag, estableciendo una figura del doble que creo en la novela es impensable.

Las escenas más notables de la película tienen que ver con la quema de libros; particularmente la de aquella anciana que decide quedarse en su casa, entre sus libros, mientras los bomberos (a los que pertenece en un principio Montag) los queman. La mujer, además, muere feliz, pues su acto es un acto de voluntad y principios, dos elementos que el orden social intenta abolir. En la quema de libros de la casa de Montag, éste procede a iniciar la pira destructora, para luego quemar al capitán de bomberos, lo que lo convierte en paria y perseguido. Luego de esto, sólo puede vivir fuera de la sociedad, en el bosque, donde se han instalado los libros vivientes: personas que se han aprendido de memoria los libros, para preservarlos de la destrucción. Frente a la horda cuasi-salvaje de Bradbury: viejos profesores alejados de la sociedad, que deambulan de aquí para allá en pequeños grupos, en una imagen hermosa de la resistencia, sin mucha posibilidad de transformar a fondo lo social; Truffaut prefiere una comunidad mejor organizada y más poblada, mayormente de jóvenes, en la que se perfila un futuro posible. Esto tal vez porque en los 60’ se trataba de imaginar  utopías y no de destruirlas (o verlas con escepticismo).

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