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Brasil

¿Es posible que esta perspectiva de exclusión movilice las protestas sociales en Brasil?

La Razón / Contrabajeando - Pablo Rossell Arce

00:00 / 07 de julio de 2013

Qué pasó en Brasil? Su columnista acudió a lo primero que le dictó la lógica de su formación en economía: Brasil tiene un ingreso per cápita poco desdeñable: $us 12.078 anuales, el 21% de la población vive por debajo de la línea de pobreza (en 2005 la cifra era de 30%), su tasa de desempleo está cerca al 5%; la inversión para preparar al país para el próximo mundial es cercana a los $us 30.000 millones. ¿Qué puede ir mal? Parece que el programa de estudios de pregrado en economía no ofrece herramientas para explicar la compleja situación latinoamericana. ¿O es posible que la conjunción de pobreza, prosperidad y negocio futbolero explique algo de la convulsión brasilera? Veamos.

Mucho se ha especulado sobre la inequitativa distribución de la riqueza en el Brasil; es conocido que su concentración de la riqueza está entre las más altas del mundo. Brasil, además de sufrir concentración del ingreso en medio de un entorno de prosperidad, aún tiene muchas falencias en los servicios públicos esenciales en educación, salud y, por supuesto, transporte. ¿Es posible que, en este escenario, la bronca popular se rebele contra los gastos que se van para los estadios en vez de irse para los hospitales? Sí, es posible.

La profesionalización del fútbol arrastra la mercantilización del espectáculo; y con la mercantilización del espectáculo y ésta, a la mercantilización de los futbolistas. Las más brillantes estrellas del fútbol ganan más por prestar su imagen a marcas famosas que por patear el balón. Por ejemplo, Messi gana $us 27 millones como modelo y $us 15 millones  como futbolista; Cristiano Ronaldo gana $us 16,4 millones por jugar al fútbol y 20,8 millones por modelar.

Los dueños del circo (vale decir, los directivos de la FIFA) no son ajenos a esta cultura, así que cada mundial incluye en su organización a los infaltables “patrocinadores”, que no son otra cosa que empresas transnacionales que venden no importa qué, y que ponen sus millones para reforzar la marca del mundial. A cambio, se benefician con privilegios de exclusividad para su imagen y sus productos en los territorios donde se disputa el mundial, mientras éste dure.

Así, por ejemplo, está prohibido vender cerveza brasilera en el entorno de los estadios del mundial (valga la redundancia) Brasil 2014, puesto que la exclusividad de la venta de cerveza la tiene la transnacional Budweiser, socia de la FIFA. ¿Es posible que este entorno de marginación de lo brasilero en medio de lo que (se supone) es el mundial brasilero dispare el rechazo masivo de la población? Sí, es posible.

Finalmente, supongamos que todo se arregla y que el Mundial Brasil 2014 se inaugure en santa paz. Los brasileros querrán ir a su estadio (construido con dinero público) a ver su mundial. Las entradas para la primera ronda del mundial costarán (según los sitios web especializados), entre $us 30 y 50 (el 3% del salario medio brasilero). A medida que el campeonato avance, las entradas se harán más caras. Se estima que para ver la final, los hinchas deberán gastar entre $us 250 y 700 por entrada (entre el 30% y el 90% del salario medio brasilero).

¿Es posible que esta perspectiva de exclusión movilice las protestas sociales en el gigante sudamericano? Sí, es posible. Pero también es posible que las protestas reflejen un rechazo de la población a esta esquizofrenia de élites políticas vendiendo al Brasil como si fuera una potencia de Primer Mundo, cuando aún no ha terminado de resolver los problemas básicos del Tercer Mundo, fenómeno que —a mi juicio— ocurre por mirar más a la Suiza de Blatter que a la América de Bolívar.

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