Columnistas

Breves recuerdos eclesiásticos

La elección de un nuevo Papa es una institución eclesiástica de suma trascendencia.

La Razón (Edición Impresa) / José Gramunt de moragas

03:52 / 24 de febrero de 2013

Para el fiel católico, siempre es provechoso repasar algunas páginas del catecismo. Vayan pues algunos conceptos sobre la elección de un nuevo Papa, que no es un juego de azar, sino una  institución eclesiástica de suma trascendencia, desarrollada nada menos que para elegir al sucesor de la silla de San Pedro.

Siendo el cónclave una entidad destinada a la elección del sucesor de Pedro, tiene, sin embargo, la ori-ginalidad de la participación de un “personaje” muy especial. Ni más ni menos que el Espíritu Santo, que en última instancia es quien induce a votar a uno o a otro de los que reúnen las condiciones de papables, y anunciar al mundo que habemus Papam.

En el mismo tiempo en que escribo estas líneas, cuyo contenido es sobradamente conocido, el mundo entero compite en formular toda clase de pronósticos sobre el Cardenal que será elegido. Todo son conjeturas más o menos aproximadas, pero ninguna seguras.

La parte más humana del cónclave son precisamente los intercambios de opiniones entre los cardenales, entre los papables; es decir, de los que están dotados de los requisitos necesarios para asumir la responsabilidad ante la Iglesia, lejos de otras intenciones tortuosas.

Y aquí deseo expresar que la intención de este artículo no es otra que marcar la diferencia entre quienes desconfían de la transparencia de los votos favorables al que va a ser Papa, de aquellos que no dudan que los votantes procederán según la inspiración del Espíritu Santo, manifestada en la recta conciencia de cada uno de los electores.

Una de las causas de las luchas entre los votantes fue la existencia de los Estados vaticanos, el poder temporal del Sumo Pontífice. Es cierto que en tiempos pasados, la elección de un nuevo Papa comportaba frecuentemente la movilización de las habilidades diplomáticas e incluso, en algunas ocasiones, las amenazas militares. Afortunadamente, esos tiempos pasaron a la historia.

Es  sabido que para ser Papa se requiere poseer en grado máximo de las cualidades humanas necesarias para gobernar una institución multisecular como es la Iglesia, pero también son condiciones indispensables la posesión de las virtudes teologales y morales que Cristo nos enseñó. Entre otras circunstancias que rodean el cónclave, recordemos el Tratado de Letrán suscrito en 1929, instrumento internacional que, entre otras cosas, formaliza el perímetro territorial del Estado vaticano, libre y soberano.

Alguien podrá sorprenderse de que el firmante del Tratado por parte del Estado vaticano fue el cardenal Pietro Gasparri. Y representando al Estado italiano, por parte del rey Víctor Manuel III, firmara un tal Benito Mussolini, en aquel momento próximo a convertirse en Il  Duce, vísperas de la Segunda Gue-rra Mundial. Todo lo dicho y lo que queda por decir resulta particularmente oportuno, porque el cardenal Julio Terrazas partió para Roma para concurrir al cónclave que elegirá al sucesor del papa Benedicto XVI, en vísperas de hacer efectiva su renuncia voluntaria.

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