Columnistas

Brillantes oscuros

A fuego lento - Édgar Arandia

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 01 de diciembre de 2013

Hace diez años, prepararse para viajar vía terrestre por los caminos de Bolivia era una aventura imprevisible. Hoy lo sigue siendo, por la inveterada costumbre de los bloqueos que se ha extendido. Esta práctica ya no es una tradición huelguística plurinacional de campesinos, mineros o choferes, sino que ahora los colegas chilenos de este último sector han encontrado en esta presión la manera de torcer el brazo de sus autoridades. Decenas de camiones bolivianos y chilenos sufren las consecuencias, aunque con un matiz: nuestros “maistritos” están altamente capacitados para estos percances y están trasmitiendo sus conocimientos a sus pares.

Entre ellos brillan personas que, por las pocas oportunidades que les dio la vida, son oscuros ciudadanos que no aparecen en los escenarios de las farándulas culturales y políticas. Tal el caso del transportista Arturo Melgarejo, un cuentista que apaciguó la desesperación con sus relatos escritos en un k’esti cuaderno escolar de tanto trajinar por las carreteras, entre aceites y grasas. En ellos relata cómo eran las fronteras bolivianas, la pena que sentía al volver a su tierra y encontrarse con un pueblito empolvado, gallinas correteando por entre camiones, contrabandistas hormigas y “delincuentes subversivos”. Los edificios estatales cayéndose, despintados y desmontados, como si hubieran quedado en pie después de un bombardeo.

Creo que fue durante el gobierno de Paz Zamora que se interesaron por maquillar las fronteras y dar mejor impresión sobre nuestro país. Todavía recuerdo la llegada a la frontera boliviana desde Iquique, el edificio de la Aduana era un cuartito con un letrero verde doblado por los fuertes vientos, el regimiento Tocopilla se caía en pedazos y los extranjeros buscaban afanosamente un baño. El espectáculo era deprimente. Las cosas que cuenta Melgarejo de las fronteras en el oriente boliviano son similares o peores.

En el último desplazamiento terrestre hacia el sur boliviano, para asistir al III Simposio de Cerámica en Tupiza, constatamos la impecable carretera hasta la frontera con Argentina. Coliseos, colegios y pequeños museos aparecen al pasar por las poblaciones. Un arquitecto que viajaba con nosotros criticó acerbamente estas infraestructuras, asegurando que su diseño es malo y que no rescata ninguna virtud. Lo paradójico del caso es que él es docente de la carrera de Arquitectura de la UMSA, y quienes diseñaron fueron sus alumnos.

Silvestre Mamani, uno de los creadores de la neoarquitectura andina mal llamada “cohetillo”, es un joven profesional que echó por tierra toda la arquitectura académica, y su éxito es tal, que ahora, si quisiese formarse como arquitecto, muchos le aconsejaríamos que no lo haga, por las razones que anteceden. Mamani es otro oscuro ciudadano que empieza a brillar porque dos estudiosas extranjeras apreciaron su obra sin prejuicios ni mezquindades y lo presentaran en un bello libro.

Recorrer Bolivia hacia los extremos es una experiencia nueva, recuerdo cuando pasé a La Quiaca (Argentina) por Villazón hace varias décadas. El lado boliviano era un villorio sacado de películas de los western espaguetis, sólo faltaba ver a Django para sentirse extra. Las cosas ahora son diferentes, La Quiaca es un lugar fantasmal respecto al lado boliviano, lleno de acción y negociantes pululando entre ambos sitios. Ellos le encargan a Silvestre Mamani nuevas edificaciones con garaje para camiones de alto tonelaje y salón de fiestas con pisos de cerámica y ocho sumideros para la abundante ch’alla con cerveza.

En Tupiza hay otro oscuro brillante, Pedro Valdivia, conocido como Perico, es un poeta, su misión en la tierra es vigilar el río para descubrir piedras con formas y rasparlas con otra piedra para sacarlas de su encierro. Las bautiza con pequeños poemas y su “obra” se adelantó al arte medioambientalista hace medio siglo. Es un kaivito muy modesto, pero sí que brilla.

Ahora hay recambios y cambios que están desplazando a las élites tradicionales, las que serán, fatalmente para ellas, reemplazadas por bolivianos y bolivianas que brillan desde su oscuridad de clase y provinciana.

Es director del Museo Nacional de Arte.

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