Columnistas

Brutalidad creciente

Muchos de los más brutales personajes de la historia, los que más víctimas humanas se cobraron en el curso de todos los tiempos, así como también aquellos otros que se hicieron proclamar libertadores de los pueblos y fueron sus opresores, no dudaron en hacerse levantar ostentosos monumentos en su honor. Éste último era el tema que me proponía comentar: el monumentalismo.

La Razón / José Gramunt

02:07 / 26 de febrero de 2012

Sin embargo, en el entretanto se produjo en los alrededores de la plaza Murillo un violentísimo encuentro entre la caravana de marchistas discapacitados y la Policía Nacional. Los primeros habían recorrido centenares de kilómetros para llegar al Palacio de Gobierno y negociar sus reclamos con el mismísimo Sr. Presidente. Pues ni los discapacitados llegaron a ingresar a la plaza ni el Mandatario se asomó al balcón para saludar a sus ilustres visitantes.

Este episodio lamentable parece confirmar que el nuevo equipo gobernante ha ido endureciendo sus procedimientos. Sea contra los políticos disidentes, a quienes va envolviendo en las redes untuosas de procesos seudolegales; sea contra sectores populares como han sido los campesinos originarios de tierras bajas; sea con los discapacitados que ahora reclaman. Estas confrontaciones han transformado el centro político y comercial de la ciudad de La Paz en una trinchera. No es la primera vez. Pero, nunca, como ahora, había visto tantos policías por las calles y plazas de una ciudad que lleva por nombre, La Paz.

Creíamos que, después de la vergonzosa arremetida policial contra la marcha de los campesinos originarios de tierras bajas en la localidad de Yucumo, y de la crítica unánime de la población, el Gobierno habría ordenado a sus llamadas fuerzas del orden que amainaran sus procedimientos más brutales. Pues no. La represión contra los discapacitados, que pretendían ingresar en la plaza Murillo el jueves, fue más dura y más cobarde, pues se estrelló contra personas físicamente minusválidas que tuvieron que defenderse de esa especie de seres marcianos blindados de pies a cabeza y armados de artificios intoxicantes y paralizantes.

Ante semejante conflicto, se me ocurre que ésta sería una nueva oportunidad para que la Iglesia interpusiera sus buenos oficios. No para dar soluciones mágicas, sino para sentar a los adversarios alrededor de una mesa de diálogo. Pero ya es sabido que el Gobierno navega por otras vías cósmicas. Por su parte, el Defensor del Pueblo y el representante de los Derechos Humanos hacen lo que pueden, pero carecen de medios expeditivos como sería pegarle una gritoneada al Señor Presidente y a unos cuantos ministros.

A este paso, mucho me temo que los campesinos del TIPNIS —los auténticos— verán cómo se construye el tramo carretero en medio de sus tierras. Con los discapacitados ocurrirá algo parecido, tendrán que volverse a sus casas sin el bono que les niegan. Y todos sabremos que éste es el Gobierno del pueblo. ¡Faltaría más!

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