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Busch: hombre libre, muerte libre

¿Cómo hubiera sido la vida de Bolivia si el Cnel. Germán Busch no se enamoraba de doña muerte?

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

01:24 / 07 de junio de 2017

El suicidio es la última y definitiva libertad del hombre. Hubo una época en que las noticias sobre suicidados salían en los periódicos y eran vistas con reverencia. Ahora preferimos mirar para otro lado. El general José Manuel Rendón sintió un placer inefable al pegarse un tiro en 1908 en Iquique para abandonar este mundo deleznable. Diez años más tarde, en 1918, Eduardo Idiáquez, fundador del Panóptico de San Pedro, astrónomo y explorador, también tomó la libertad fatal de mandarse a paseo. El 23 de agosto de 1939, el coronel Víctor Germán Busch Becerra hizo lo propio. Todavía hoy, su tumba del Cementerio General de La Paz, con columna truncada, recibe a diario ofrendas: flores amarillas para un hombre absuelto por la historia, siempre a punta de coraje.

¿Cómo hubiera sido la vida de Bolivia si Busch no se enamoraba de doña muerte? Es una de las preguntas que se hace Robert Brockmann en su recién presentado libro Dos disparos al amanecer (Plural). Con la misma pasión que sentía Busch por la patria, su biógrafo logra que el lector también caiga rendido ante el “camba”, y reinventa una vez más al héroe del pueblo. Vuelve a demostrar que un ensayo histórico puede ser tan apasionante como un relato de suspense, que una biografía puede estar tan bien escrita como la mejor novela.

Busch, también apodado El Tigre, vivió sus primeros 18 años en tierras benianas, feliz entre libertades y aventuras, entre guitarreadas con mozos de estancia y canciones a la vida y a la muerte en mojeño trinitario. Luego, su madre, Raquel Becerra Villavicencio, cansada de las travesuras del joven y tras su expulsión del Colegio Nacional 6 de Agosto, lo despacha hacia La Paz en un viaje de 20.000 leguas en barco, mula, carreta y a pie hacia un mundo desconocido.

En esos primeros años del Colegio Militar apareció lo que Brockmann llama su “Todeswunsch”, su inclinación al suicidio. ¿Por qué eligió la “muerte libre” el hombre que entró y salió de Boquerón como si las balas le temiesen, el valiente soldado admirado por sus enemigos paraguayos? Atrás quedaba el justo bofetazo a Alcides Arguedas; atrás quedaban las noches de puños fáciles (en una de ellas llega a las trompadas contra la estrella stronguista Hugo Estrada, half del tetracampeón gualdinegro de los años 20, quien estaba acompañado del Chueco Céspedes). Atrás, otros guiños a esa “urgencia suicida” que impulsaba a Germanoff a llevar siempre la mano hacia su “compañera”, la pistola que no lo abandonaría nunca.

Busch era bipolar maniaco depresivo. ¿Cómo se fijó esa idea de muerte en su cabeza sin razón aparente? ¿Fue “herencia” de su padre? ¿Fue una vía de escape para un incomprendido ante la presión de los huayralevas y vendepatrias? ¿Había “envejecido” a sus 36 años demasiado para más derrotas? ¿Anheló una Bolivia tan grande que ésta solo existía en sus sueños y en la nostalgia de los llanos de su Beni natal?

Hay mil teorías para explicar el suicidio de Busch (entre ellas, el asesinato). Cada lector de la excepcional obra de Brockmann se hará con la suya, así como todos los hinchas tenemos nuestro particular eleven de la selección nacional. Busch nunca fue tan dichoso como vaqueando por las infinitas tierras moxeñas. Allí sigue galopando para siempre feliz y obsesionado con esa Bolivia íntegra, idealizada y habitada por banderas tricolores y sones de boleros de Caballería.

Fue presidente con 33 años, trabajaba 16 horas diarias, se había enfrentado a la rosca, lanzó conquistas sociales inéditas, estaba neurasténico por deficiencia alimentaria (“recuerdo” de la guerra), padecía estrés y vivía adolorido de la dentadura como resultado de todo esto.

“El súper hombre debe aprender a morir cuando llegue el momento”, dijo Zaratrusta. Aquella noche fría de agosto, en su casa de la calle Villalobos (hoy, paradójicamente, Hospital Psiquiátrico), tras el cumpleaños de su cuñado, Busch, vilipendiado por la oposición tras su legendario decreto nacionalizador de las divisas mineras un 7 de junio del 39, supo que ese era su momento: una muerte libre para un hombre libre, dos disparos al amanecer. 

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