Columnistas

Búsquenlo a Marcelo

Sistemáticamente las investigaciones para encontrar los restos de Marcelo Quiroga han sido entorpecidas

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

03:06 / 24 de marzo de 2015

En la mitología griega, Antígona, hija de Edipo y Yocasta, se rebela contra Creonte, convertido en rey de Tebas, con el propósito de darle los honores fúnebres a su hermano Polinices, asesinado por su también hermano Eteocles, en una batalla por el trono del reino. Creonte había dictaminado que los restos de Polinices no sean enterrados dignamente y que se los deje en las afueras de la ciudad, al arbitrio de cuervos y perros, por haber traicionado a su patria.

Esta tragedia escrita por Esquilo (Los siete contra Tebas), da cuenta que el entierro era muy importante para los griegos, tanto más relevante por cuanto el alma de un cuerpo que no era enterrado estaba condenado a vagar eternamente por la tierra. Por ello, Antígona decide enterrar a su hermano y realizar sobre sus restos mortales los correspondientes ritos mortuorios, lo cual desencadena su propio fin trágico. Este mito se puede extrapolar perfectamente al clamor de los miles de familiares que piden esclarecer el paradero de sus seres queridos que desaparecieron durante los tenebrosos tiempos de las dictaduras militares en América Latina.

¿Pueden imaginarse la angustia y el dolor de la recientemente fallecida doña María Cristina Trigo por no haber podido enterrar a su esposo, el extinto líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz? A él se le niega hasta hoy gozar de una cristiana sepultura, después de haber sido asesinado en los umbrales de la dictadura de Luis García Meza. El lugar donde sus restos fueron enterrados continúa ocultándose sistemáticamente. 

A lo largo de 35 años, junto a su familia, doña María Cristina padeció un calvario en busca de los restos de su compañero de vida. Posiblemente ella hizo suyo el suplicio de Antígona, quien exclamaba desesperadamente, como si fuera un infortunio donado por Zeus: “A una mujer como soy, yo misma encontraré cómo le abra la fosa y cómo le forme un túmulo; yo misma le llevaré en mis brazos y le envolveré en los anchos pliegues de este velo de finísimo lino cisino”.

Desde aquel aciago 17 de julio de 1980, cuando el líder socialista fue vilmente asesinado y luego su cuerpo desaparecido, la información sobre el destino de sus restos fue fruto de un juego perverso de desinformación, chantaje, manipulación sentimental, pantomimas de investigación, etc. En suma, una recurrente obstaculización de parte de los propios mandos militares para inviabilizar las investigaciones sobre Marcelo (y todos los desaparecidos en las dictaduras), pese a que en algún momento se conformó la Comisión de la Verdad en la Asamblea Plurinacional, y que no se le presta la atención debida en el país.

Marcelo todavía se erige en esa especie de espectro hamletiano, deambulando por los archivos castrenses, entrando y saliendo por sus recovecos oscuros, atormentando a los militares con sus trajines clamando Justicia, como alma en pena, pero aún evocada por muchos vivos. Así, y como parte de una carnada perversa, en los últimos días el tema de los restos de Marcelo reapareció en la agenda mediática, a raíz de las declaraciones del exdictador García Meza en sentido de que sus restos estarían enterrados en la finca de San Javier (Santa Cruz) de propiedad del también exdictador Hugo Banzer Suárez. Por eso mismo, más allá de la nula credibilidad que goza García Meza, por una deuda con la memoria histórica boliviana, es imprescindible confirmar esta nueva versión. Posiblemente aquí estriba una asignatura pendiente de nuestra democracia.

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