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Caballo

Sobre la cinta ‘El caballo de Turín’ puede decirse lo mismo: devastadora, fascinante en cada minuto

La Razón / Ana Rebeca Prada

01:38 / 27 de marzo de 2013

Qué decir del film El caballo de Turín (2011) de Bela Tarr? ¿No es demasiado atrevido arriesgarse a decir algo sobre una obra de arte de la que sólo puede pensarse: es perfecta? El maestro húngaro ha declarado que es la última que realizará (siendo un hombre de sólo 57 años).

La única otra película que he visto es la maravillosa Las armonías de Werckmeister (2000). De Satantango (1994), que aún me toca ver, Susan Sontag dijo: “devastadora, fascinante en cada minuto de sus siete horas” y la vio una y otra vez.

De la cinta de 2011 puede decirse lo mismo: devastadora, fascinante en cada minuto. Tarr toma la famosa historia de Nietzsche en Turín (en el umbral de la locura), en la que el maltrato de un caballo de parte de un cochero hace que el filósofo se abalance hacia el animal y lo abrace por el cuello para luego desmayarse. ¿Qué fue del animal luego de ese desmayo? La película comienza con una larga y hermosa toma del cochero y el caballo volviendo a casa, por un camino en medio del campo solitario. El director nos lleva a ese mundo seco, en el que poco después ya no podrá moverse más el animal.

Se podría retomar la crueldad del cochero en la anécdota de Nietzsche como un principio de lectura. El total de la película se lleva a cabo en la derruida casa de ese cochero, que vive con una hija. El caballo, al no querer moverse, los destina al aislamiento.

Se trata de un par que vive en pobreza extrema: comen una papa al día y desayunan un aguardiente que ellos mismos hacen. La tierra allá afuera se presenta estéril; el viento es persistente, envolvente, total, es el sonido constante de la película. Hay muy poco diálogo: viven en una rutina invariable, deshumanizante, pues no hay variación ni iniciativa posible. La hija es un personaje conmovedor, pues ella viste y desviste al padre paralizado de un brazo, además de realizar todas las tareas de la casa. No hay signo alguno de amor, la única señal de afecto, sintomáticamente, son las pocas palabras de ella al caballo, insistiéndole casi cariñosamente en que coma.

Pasan unos gitanos, escandalosos, alegres, por el terreno, y sacan agua del pozo. La mujer, el padre, salen a espantarlos, a expulsarlos y ellos se van como llegaron, luego de pagar por el poquito de agua que sacaron. Poco después, el pozo se seca. No hay otra más que irse, con algunos bártulos y el caballo acabado. Pero no hay salida posible y luego de un poco de camino, retornan en silencio. Luego adviene la oscuridad. De dónde viene esta oscuridad, pregunta ella. El padre: no sé. La oscuridad viene por algo interior, creo yo: es esa sequedad, esa indolencia, esa vida vivida como repetición, esa devastadora versión de la humanidad reducida a su mínima expresión. El hombre seco, repetitivo, miserable llama a la oscuridad. Y ni siquiera sabe que lo ha hecho.

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