Columnistas

Cacerolazo con bigote

Como quien hace una meditada apuesta, el buen Manfred convocó a un sonoro cacerolazo.

La Razón (Edición impresa) / José Luis Exeni

00:00 / 21 de abril de 2013

Debo confesar que, ingenuo, creí que se trataba de una broma. Una más de las muchas que circulan, ora creativas, ora groseras, en las redes sociales. Luego pensé en alguna maldad. Digamos un “montaje”, tan de moda entre fiscales, senadoras y abogados. Hasta que me convencí de la verdad: el buen Manfred, nada menos, había convocado un sonoro cacerolazo. “Todos los días, al mediodía”, señaló como quien hace una bien meditada apuesta.

Lo de las cacerolas callejeras es cosa seria. Está visto que, además de problemas auditivos, pueden provocar violencia y muerte. Ahí está el rabioso cacerolazo activado hace unos días por un tal Radonski en Venezuela. Nunca se sabe en qué momento la cacerola se transforma en revólver y aparece un asesino. Por ello, Manfred, con buena escuela, fue cuidadoso en las instrucciones: “desde sus hogares, desde sus bases, desde sus domicilios”, dijo a la masiva concurrencia.

¿Que la convocatoria al cacerolazo de la manfredumbre no fue en cabildo ni en plaza pública sino por teléfono? ¿Que la llamada era de larga distancia? Y yo que pensé (otra vez cándido) que el jo-po ve-pen Manfred había regresado al país para liderar personalmente la protesta. Pero no. El inédito cacerolazo republicano sería tan monumental que empezaría en Miami —vía Skype— y llegaría hasta la plaza Murillo para hacerse oír por el Gobierno hambreador y “arrancarle” la canasta familiar de Bs 8.300.

¿Ya me confundí de cacerolazo? Cierto. La marcha del magisterio paceño contra el aumento del costo de vida fue hace un mes. Y aunque los extremos suelen encontrarse, esta vez la cacerola vacía de la señora Plata estaba lejos de la cacerola llena del rey Villa. La manfredumbre no anda con minucias salariales y sus propósitos son más bien elevados. ¿Por qué las cacerolas? Para expresar apoyo a los hermanos venezolanos y como respuesta ciudadana al “Gobierno abusivo”.

Era eso. Manfred y Radonski son de la misma casa: especialistas en perder elecciones nacionales con la extraña convicción de que las han ganado. Y comparten libreto: si no me dan la victoria, es fraude. Podría pensarse que la manfredumbre aprendió del Radonski y por eso el cacerolazo. Pero lo más probable es que Radonski haya aprendido de la manfredumbre que desde hace más de una década, con obstinación a prueba de evidencias, va proclamando en cada derrota: “fraude informático” (2002), “padrón inflado” (2008), “fraude biométrico” (2009)…

Pero además de ser solidarias con sus similares venezolanas, las cacerolas locales tendrán que agitarse contra los excesos del Gobierno, que persigue a los opositores, entre ellos el convocante desde Miami. Tan abusivo es el actual régimen que Manfred tiene no uno, no dos, sino 12 juicios. Dos ya con sentencia: de uno y cinco años de cárcel. El cotidiano cacerolazo habrá de revertir todo esto, para que la hoy inexistente Fuerza Republicana Federal tenga candidato a la prescindencia.

Desmedido, el Primer Mandatario boliviano cree que los cacerolazos convocados por la manfredumbre quieren muertos en Bolivia. ¿Se imaginan? A un promedio de siete decesos por jornada, como ocurrió en Venezuela, sería una tragedia. Aunque parece que no es necesario preocuparse: el cacerolazo interruptus no provocó víctimas, sino rubores y carcajadas. Y Manfred sigue lejos, sin indulto ni amnistía pedidos por la Iglesia, prófugo de la justicia, abrazados él y su entrañable cacerola, solitos.

Aunque no todo está perdido en esta historia. Quizás sin proponérselo la manfredumbre ha encontrado la modalidad más justa, además de mediática, para seleccionar al candidato de unidad de la oposición en las elecciones presidenciales de 2014. No hagan una encuesta ni organicen primarias entre los precandidatos (Costas, Samuel Kerry, Juan, el propio Manfred, Adriana, el Mallku…). Que suenen las cacerolas. La convocatoria más ruidosa, clarito será, habrá obtenido la venia y la victoria.

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