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Cacho electoral: lo que se ve (no) se anota

Si hasta poco la legislación reconocía tres tipos de voto (válidos, blancos y nulos), ahora tenemos cinco

La Razón (Edición Impresa) / José Luis Exeni Rodríguez

00:01 / 19 de abril de 2015

Deformas, luego reformas. Las todavía inconclusas elecciones subnacionales 2015 —ah, democracia (in)interruptus— han dejado no solo sorpresas, sino también aprendizajes. Aquellas y éstos pueden nutrir el debate y, en especial, la declarada reforma normativa. Así tenemos en agenda, por citar solo tres cuestiones, los efectos de las encuestas, la creación de nuevos tipos de voto y el azar como mecanismo de elección. De antiguo se sabe que la torpeza es el tributo que la virtud paga al vicio.

Veamos las encuestas. Si en las pasadas elecciones generales de octubre celebramos la innovadora regulación adoptada en el país para garantizar la calidad en la elaboración y la difusión de “estudios de opinión en materia electoral”, en estos comicios descubrimos sus efectos no deseados. Las encuestas, esas “fotografías” que registran intenciones de voto, pueden mostrar no solamente imágenes distorsionadas de las preferencias electorales, sino algo peor: anularlas. Perdemos todos.

Sin embargo, también hay innovaciones. Si hasta poco la legislación electoral reconocía tres tipos de voto, a saber; válidos, blancos y nulos, ahora tenemos cinco. Por gentileza del Órgano Electoral habremos de asumir en adelante que también existen el “voto cancelado” y el voto “con fines estadísticos”. ¿En qué consisten? En votar por candidaturas que, estando en foto y espíritu en la papeleta, ya no cuentan, sea por decisión propia, sea por exclusión forzada. Son dos votos, digamos, suspendidos.

¿Y el azar? Ha provocado revuelo político-mediático la decisión del Tribunal Electoral de Santa Cruz, amparada en reglamento, de que la asignación de una concejalía, empatada en la votación popular, se defina... ¡en un tiro de dado! Los puristas del voto, indignadísimos, dijeron que tal recurso al juego era “irresponsable”, “aberrante”, “vergonzoso”, “irracional”, “bochornoso”, etcétera. Alguno hasta amenazó con enjuiciar a los vocales por “delitos de omisión” (sic). Y otro por “poco serios”.

¿Por qué el azar no puede dirimir lo que en el sufragio resultó empatado? “En ninguna parte del mundo se ha visto esto”, juró un diputado haciendo gala de ignorancia. En los años noventa el ganador de una alcaldía se definió tirando una moneda. Nuestra legislación prevé el sorteo como mecanismo, por ejemplo, para elegir jurados electorales (máximas autoridades el día de la votación). Y ni hablemos de la arraigada práctica de elección de cargos públicos por lotería, que se remonta a Atenas.

El problema, como señal y símbolo de un sistema electoral observado, no radica en que el dado decida, sino en una peligrosa sensación térmica que propongo denominar “cacho electoral”. Me refiero al imaginario de que lo que no se logra ganar en cancha (las urnas) se puede ganar en mesa (las salas plenas del Órgano Electoral). Y ello es riesgoso para nuestra señora democracia electoral de las tres décadas y pico. Peor aún si la primera víctima potencial es el principio de preclusión, esa conquista.

Soy un convencido de que, en el marco de la nueva Constitución Política, Bolivia tiene uno de los diseños institucionales sobre democracias (en plural) más robustos del mundo. Salvando algunos excesos y ambigüedades normativas, que debieran corregirse, nuestra legislación respecto al régimen y a la institucionalidad electoral es muy avanzada en términos de demodiversidad. El problema es su aplicación. La norma es demasiado modélica y optimista en comparación con la chapucería de sus operadores.

Es evidente que necesitamos soluciones básicas para problemas evidentes. Y ello puede hacerse de manera muy simple o, ciertamente, por senderos más bien enmarañados. Dependerá de cómo lo asumamos. Por lo pronto es bueno saber que en el corazón de la institucionalidad electoral los vocales están teniendo debates sustantivos: “Me tienen como Betty la fea”, se queja ella. “Betty la fea es una mujer a veces bella”, responde él. Cacho electoral. 

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