Columnistas

Caída del precio del petróleo

Dada la dependencia de las exportaciones de gas natural, la economía del país podría sufrir un duro embate

La Razón (Edición Impresa) / Juan Carlos Zuleta Calderón

00:00 / 24 de octubre de 2014

Según una reciente noticia, el presidente de YPFB habría descartado que “la baja internacional en el precio del petróleo afecte a los ingresos para el país provenientes de las exportaciones de gas natural a Brasil y Argentina, tomando en cuenta que esa disminución es circunstancial y no representaría una crisis de la economía mundial”.  Es más, con base en proyecciones del Instituto de Energía  Mundial, la citada autoridad sería de la opinión de que el precio del petróleo se mantendrá entre 90 y 100 dólares (el barril), añadiendo que, con 90 dólares, en Bolivia “estamos en una posición bastante buena”. 

Dada la dependencia de la economía boliviana de las exportaciones de gas natural, el país podría sufrir un duro embate si los anteriores deseos no se cumplieran. Y desafortunadamente, por al menos tres razones, es probable que no se cumplan. En primer lugar, la actual deflación en China podría aumentar la desaceleración de su economía, cediendo paso a una aún menor demanda de petróleo; y si se tiene en cuenta el poder de compra de esta economía, a una situación de bajos precios del petróleo. A esto se suma la nueva decisión del Gobierno chino de incentivar la introducción masiva de vehículos eléctricos para paliar los altos niveles de contaminación ambiental y polución del aire, derivados de una matriz energética aún basada en la quema de hidrocarburos, con un efecto negativo en la demanda y precio del combustible fósil.  

En segundo lugar, el boom del gas de esquisto (shale gas) en EEUU estaría dando lugar a una caída en el precio del petróleo por efecto del aumento de la producción de crudo, ya sea porque algunos yacimientos de shale gas son también yacimientos de shale oil (petróleo de esquisto) y un aumento del primero resulta al mismo tiempo en un incremento del segundo, o porque una parte importante del exceso de shale gas producido por EEUU se estaría convirtiendo en diésel (vía gas-lo-liquids) reduciendo la demanda y, por tanto, las importaciones de petróleo de ese país.

En tercer lugar, el cambio climático habría generado una gran presión sobre los gobiernos de muchos países desarrollados y emergentes para acelerar la sustitución del petróleo por energías alternativas renovables y no renovables, así como mediante procesos de electrificación de la industria automotriz global.  Por una parte, Alemania viene dando un vigoroso impulso a las energías solar y eólica (renovables) desplazando de su matriz energética no solo a la energía nuclear, sino también a los hidrocarburos. Y, por otra, los cerca de 700.000 vehículos eléctricos enchufables y más de 7 millones de vehículos eléctricos híbridos convencionales que son parte del parque automotor mundial ya estarían comenzando a reflejarse en una disminución cada vez mayor de la demanda de gasolina y diésel.

Como ninguna de las tres razones parece ser coyuntural, esto explicaría el apuro del Gobierno por avanzar hacia un proceso amplio de exploración de hidrocarburos en diferentes regiones del país, para profundizar el modelo extractivista al que ha apostado desde 2006, y porque es la única carta de que dispone para evitar un eventual colapso social en Bolivia. No obstante, las inversiones que el Gobierno quiere hacer ahora podrían estar ya a destiempo de una posible crisis de la economía mundial, para la que un país tan desindustrializado como Bolivia se encuentra muy lejos de contar con blindaje alguno.   

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