Columnistas

¿Calatayud por Colón?

El debate sobre el cambio del nombre de la plaza Colón no responde a un proceso descolonizador

La Razón / Yuri F. Tórrez

01:44 / 10 de septiembre de 2013

Casi como si fuera parte de un designio irreversible, el Concejo Municipal cochabambino debatió furibundamente la posibilidad del cambio de nombre de la inconfundible plaza Colón por el de plaza Alejo Calatayud. Cuando uno pronosticaba que las celebraciones septembrinas de este año serían una repetición al unísono de esa mirada complaciente de la historia cochabambina, resulta que aparece un condimento imprevisto para azuzar la disputa sobre la memoria valluna. Este debate en torno al cambio de nombre de la plaza Colón aparentemente aparece como un gesto descolonizador en la memoria cochabambina; empero, hilando fino es sólo un continuum de una narrativa historiográfica valluna que no precisamente se caracterizó por ser descolonizadora.

Una de las asignaturas pendientes es comprender a la Cochabamba de hoy tan compleja y diferenciada a través del pasado. La historia cochabambina se erigió en torno a una historia en la que los mestizos tenían un lugar privilegiado en menoscabo de los indígenas (inclusive de los criollos, véase el caso de Francisco de Rivero). Esta apelación a la historia del mestizo no fue neutral, sino, por el contrario, tenía un propósito legitimador acorde a aquel discurso del mestizaje. Y claro, como todo discurso, como diría Javier Sanjinés, “el mestizaje es un espejismo” para ocultar, por ejemplo, las tensiones raciales existentes en Cochabamba que se expresaron de manera lacerante el 11 de enero de 2007.

El mestizaje fue un continuum del colonialismo. No es casual que Silvia Rivera localice el origen del mestizaje en la propia Colonia para dar cuenta sobre lo traumático de este proceso. De allí que recuperar héroes o heroínas mestizos/as es el caso específico de Alejo Calatayud, inclusive ignorando el sentido de sus propias luchas es un contrasentido al discurso descolonizador. Es relevante recordar que Calatayud en 1731 encabezó la rebelión de los artesanos cochabambinos por el incremento de los impuestos por parte de la burocracia local, y no buscaba en ningún momento poner en jaque al orden colonial que se condensa en su arenga plasmada en un documento de la época: “Viba el rey y Muera el mal Govierno” (sic).

Calatayud, como todo héroe, necesitaba tener una muerte trágica: decapitado en el morro de la Coronilla para que a posteriori se erigiese como un héroe indiscutible y, sobre todo, como un ícono imperecedero para la consolidación de la identidad mestiza cochabambina. En contrapartida, la historiografía local silenció sistemáticamente las rebeliones indígenas en Cochabamba de 1781 con el dizque argumento que no encajaban en ese modelo de sociedad imaginado por las élites mestizas y criollas cochabambinas.

Hace poco, el historiador cochabambino Gustavo Rodríguez escribía: “si el contexto (histórico) se modifica, no cambiará el pasado, sino el valor en la huella mnémica que se le otorgue”. En rigor, tal fenómeno está sucediendo hoy con Calatayud, aunque con un discurso descolonizador. Empero, todavía existe una renuencia en una nueva lectura de la historia cochabambina; de allí que se explica que el debate sobre el cambio del nombre de la aristocrática plaza Colón sigue anclado en un imaginario mestizo que no responde precisamente a un proceso descolonizador, sino más bien es un eco de esa historiografía convencional local. ¿En vez de reapropiación de héroes/heroínas no sería oportuno que esa mirada al pasado sirviese para zanjar con algunos espectros que rodean a la historia cochabambina?

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