Columnistas

Califato y terrorismo global

El nuevo líder reivindica su autoridad política y religiosa sobre todos los musulmanes

La Razón (Edición Impresa) / Tribuna - Fernando Reinares

02:00 / 13 de julio de 2014

Muchas y dispares han sido las reacciones al anuncio que el 29 de junio hizo el Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL), proclamando el establecimiento de un nuevo califato y la designación de un nuevo califa en la persona de su líder, Abubaker al Bagdadi. No pocas de esas reacciones se han centrado en el significado mismo de esa fórmula de dominio musulmán y en la relevancia o irrelevancia para el mundo islámico de su controvertida recreación. Aunque son asuntos de indudable importancia, no menor la tienen los relacionados con las implicaciones en materia de terrorismo atribuibles a semejante iniciativa, adoptada por una organización yihadista cuya especialidad más notoria es precisamente la práctica sistemática de dicha violencia.

¿Estamos ante una resolución tomada por dirigentes de una entidad con liderazgo y estrategia propios o responde a los designios de las autoridades estatales que patrocinan su campaña terrorista? Si se trata de lo primero, ¿es una iniciativa adoptada por yihadistas cuya agenda es predominantemente local y en particular iraquí, o ante un nuevo desarrollo del yihadismo internacional con proyección regional o incluso mundial? Caso de que se trate de lo segundo, ¿es la opción de una organización que intenta ante todo subsistir en el escenario de conflicto armado que conforman Siria e Irak, o que es ya núcleo de una nueva red de terrorismo global?

Empiezo por el primero de estos interrogantes. Durante los dos últimos años han circulado, incluso entre periodistas y comentaristas occidentales dedicados a temas de Oriente Próximo, especulaciones en apariencia racionalistas, unas veces infundadas y otras exageradas, sobre conexiones de la actividad terrorista que tiene lugar en Siria e Irak con los gobernantes de ambos países o de otros de la región, incluyendo a los de la península arábiga. Especulaciones, por ejemplo, a las que era común relacionar los atentados del EIIL con el beneficio que supuestamente suponían para el régimen de Bashar al Asad en Siria. Como si dicha organización yihadista no tuviese una dinámica autónoma respecto al modo en que evolucionara la correlación de fuerzas entre otros contendientes asimismo implicados en la guerra civil que desde 2011 asola ese país.

Especulaciones que también lo eran al presentar al EIIL y sus actividades terroristas como mero producto de los servicios de Inteligencia de Arabia Saudí o de patrocinadores que actúan desde otros países del golfo como Qatar.

En este sentido, sin embargo, hay indicios suficientes para considerar verosímil que los extraordinarios avances del EIIL en Siria e Irak se deben en parte al apoyo que esta organización yihadista ha recibido desde esos dos sultanismos. Incluso para sospechar que los servicios de Inteligencia saudíes, al menos hasta abril de este mismo año, intentaron manejarla como proyecto de su asistencia encubierta a las facciones extremistas de la oposición siria. Pero la lógica del EIIL no estaba sujeta a la voluntad de quienes imaginaron instrumentalizarla. Menos aún, es obvio, a la de quienes eran vistos como favorecidos por su brutalidad. Al contrario.

Paso entonces a abordar el segundo interrogante. El EIIL es la tercera denominación consecutiva de una organización yihadista que asumió este nombre en 2013, pero desde 2006 era conocida como Estado Islámico de Irak (EII) y anteriormente como Al Qaeda en la Tierra de los Dos Ríos (AQTDR), fundada en 2004. A lo largo de más de ochos años confinó sus actividades al territorio iraquí. A excepción de un importante atentado suicida perpetrado en noviembre de 2005 en Amán, que podría relacionarse con el origen jordano de su entonces máximo dirigente, Abu Musab al Zarqaui, no se le habían atribuido otros actos de terrorismo fuera de Irak hasta que empezó a ejecutarlos en Siria. Sin embargo, el mero hecho de que su líder inicial tuviese nacionalidad jordana y que la organización fuera la extensión reconocida de Al Qaeda en Irak indica que su actuación local se enmarcaba en la Yihad global.

Por definición, la proclamación de un nuevo califato apenas anunciada por el EIIL reafirma esta orientación internacional, que además trasciende a la de una agenda regional. Para empezar, el EIIL se ha despojado de las referencias a Irak y Levante en su nombre, que ha pasado a ser el de Estado Islámico (EI) sin más. Al tiempo, discusiones doctrinales aparte, aunque los dirigentes del mismo admiten que la extensión de aquel califato queda administrativamente delimitada en estos momentos a un área “de Alepo a Diyala”, alegan que su autoridad política y religiosa “incumbe a todos los musulmanes”, de modo que el califa designado lo es “para los musulmanes en cualquier lugar”.

Es difícil negar que esta iniciativa, cuya aspiración última es instaurar una suerte de imperio político panislámico que incluya al conjunto de territorios en los que, en algún momento de la historia posterior al siglo VII, ha existido dominio musulmán, supone un evidente desarrollo del yihadismo internacional.

Esto me lleva al tercero de los interrogantes planteados. Desde la formación de Al Qaeda en 1988, el yihadismo internacional se encuentra estrechamente relacionado con el terrorismo global. Hace poco más de un año, Ayman al Zawahiri, como el emir de esa estructura terrorista que sucedió a Osama bin Laden, rompió su vinculación con el EIIL, organización a la que desposeyó de la condición de rama territorial de Al Qaeda que hasta entonces ostentaba junto a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y Al Shabab. Pero Al Qaeda y el EIIL, ahora EI, comparten fines aunque discrepan en tácticas y en la secuencia temporal a lo largo de la cual deben alcanzarse. Pero esos objetivos últimos declarados, al margen de otras consideraciones sobre su formulación, son de alcance global, lo que hace que la violencia terrorista a que se recurra con la intención de avanzarlos cumpla con uno de los dos criterios de demarcación del terrorismo global.El otro criterio de demarcación que permite definir a un terrorismo no ya como transnacional o internacional sino como global, se refiere a la extensión de los actores individuales y colectivos implicados en el mismo, que debe estar en consonancia con aquellos objetivos. Este criterio, que desde hace década y media satisface la urdimbre terrorista relacionada de uno u otro modo con Al Qaeda, está por ver lo cumpla por sí mismo el EI. No es casual que, inspiradas en una misma ideología, ambas entidades pugnen ahora por la supremacía en el yihadismo global como movimiento. Desde la ruptura entre Al Qaeda y el EIIL, éste ha conseguido recabar el apoyo de distintas organizaciones yihadistas que existen como tales, desde Ansar al Sharia en Libia o Túnez hasta Ansar Bayt al Maqdis en Egipto o Abu Sayaf en Filipinas. Incluso provoca fracturas internas en otras aún asociadas con Al Qaeda. También está concitando la adhesión de una mayoría de los musulmanes radicalizados en el seno de las sociedades occidentales, incluida España.

En el contexto de esta competición entre yihadistas adquiere un especial sentido la proclamación del califato hecha por el EI. Esta iniciativa, presentada literalmente como una “victoria”, al igual que la realidad del control que dicha organización ejerce sobre amplias zonas de Siria e Irak, son difundidas como éxitos que contrastarían con el estancamiento y la relativa escasa notoriedad de Al Qaeda. No debe descartarse, sin embargo, que hechos consumados y llamamientos a la reconciliación dentro del movimiento yihadista internacional conviertan la actual competición en cooperación. Mientras tanto, una posible consecuencia de la rivalidad entre el núcleo de una red de terrorismo global existente y el de otra emergente es que ambas, mientras se esfuerzan por revertir la situación y consolidar ventajas respectivamente, traten de movilizar apoyos en su común población de referencia exhibiendo determinación y capacidad para ejecutar atentados espectaculares en o contra occidente.

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