Columnistas

¿Cambiamos o no cambiamos?

La Razón / La que nos cante - Cergio Prudencio

02:36 / 29 de enero de 2012

A seis años de gobierno, más allá de las proclamas oficialistas y opositoras, ¿cómo percibe la realidad del país la cotidianidad ciudadana? ¿Hubo cambios, o no? La primera constatación de que las cosas no son como eran hace apenas diez años es el advenimiento en el poder de sectores secularmente excluidos.

Ese solo hecho es ya de trascendencia histórica. Y mucho más si consideramos que semejante transformación se ha producido bajo un orden democrático y con estadísticas de representatividad sin precedentes. La detentación del poder define por sí la estructura de una sociedad; tanto, que en el caso de Bolivia la insurgencia ha alcanzado un proceso constituyente profundo e incluyente.

La segunda constatación tiene que ver con la amplia participación de los omitidos históricos en actividades fundamentales de la economía, la institucionalidad y la cultura, al punto de constituirse en fuerza motriz de una sociedad acostumbrada a la lógica de clase dominante y clases subalternas desde tiempos coloniales. No es poco. La tercera constatación es el excedente en circulación visible en todos los ámbitos y estratos del país, con un asombroso incremento del consumo y el ahorro. Aunque voces disidentes machaquen con que en realidad nada cambió, y que el auge es irreal, inmerecido o sospechoso, la verdad es que cualquier persona atenta y sensata reconocerá que la Bolivia de estos días ha producido por sí misma mutaciones estructurales en su ordenamiento, tan sorprendentes como irreversibles. No admitirlo es necio.

Al otro lado, es incierto lo que el liderazgo de este proceso esté haciendo y haga en el futuro con semejante capital político y social acumulado. Las señales que emite últimamente denotan incomprensión de la historia propia, y no parecen corresponder con las tendencias de origen ni con las expectativas crecientes de la población. Porque esto no es el fin de la historia. Enfrentarse con su base social de sustentación, y contradecirse flagrantemente en la causa por la Tierra, son actitudes que llevan a la ciudadanía al borde del desencanto. Si el Gobierno no se asume como resultado de ancestrales luchas colectivas, y no se entiende a sí mismo sólo como delegado de la gente para profundizar la emergencia, entonces es previsible una progresiva pérdida de rumbo y de representatividad.

Pero hay también constataciones de otro orden. Paradójicamente, vemos a la juventud ajena a toda esta dinámica. Una generación entera flota sobre los hechos, inconexa, impermeable e indiferente. Es que ella ha sido forjada en los embates de las décadas globalizantes, y su mirada desorbitada se enfoca sobre ilusiones impertinentes. En medio de una realidad fascinante, los muchachos no saben siquiera por qué o cómo pasaron aquí las cosas que pasaron, ni son capaces de descifrar el nuevo escenario, menos de incorporarse en él activamente. Es una revolución sin jóvenes, porque alguien se ocupó de neutralizarlos “a tiempo”. Ya hubiéramos querido los adolescentes de los 70’ protagonizar un proceso como el que a ellos en privilegio ahora les toca. ¿Les toca?

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