Columnistas

Campañas y Carnaval

Jamás la concentración urbana será la plataforma para el vivir bien y el desarrollo pleno del ser humano.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

04:30 / 17 de febrero de 2015

Conociendo las primeras encuestas y la intención de votos, falta un pelín para que los candidatos ofrezcan obras megalómanas y extravagantes para seducir al electorado. Quizás propongan la teletransportación con desintegración momentánea de la materia o cualquier barrabasada, ¿quién sabe? En esa línea, de falso afán, voy a reiterar mis dos obras estrella por puro tozudo.

Una. Se debe entender que la solución de los problemas fundamentales de esta ciudad pasa por la implementación, a largo plazo, de un plan de ordenamiento territorial que promueva la creación de nuevas ciudades y el fortalecimiento de ciudades intermedias. Porque, en línea con un pensamiento revolucionario, jamás la concentración urbana será la plataforma para el vivir bien y el desarrollo pleno del ser humano. La aglomeración urbana, como la actual de La Paz y El Alto, es y será siempre el mecanismo idóneo para la reproducción del capital y de sus condiciones sociales. Es decir, como vamos estamos incentivando la reproducción del sistema capitalista del consumo desmedido, de la depredación del medio ambiente y de la inequidad de las clases sociales. Debemos desconcentrarnos.

Dos. Ante la pregunta de por qué una pequeña aglomeración de un millón y medio de habitantes no puede organizarse a tal extremo que debe levitar para transportarse a costos millonarios, respondo una y mil veces: porque nos falta educación. Y ese es un tema primordial, no se mejora construyendo sofisticadas escuelas con pizarras electrónicas. Ya lo dije antes: amontonar ladrillos y cemento es fácil, pero formar nuevas generaciones con valores es tarea titánica. Sin embargo, ¿quién se atreve a poner el cascabel al Magisterio? ¿Quién se atreve a revolucionar la educación para competir con el país nórdico que es un ejemplo mundial?

Abro un paréntesis obligado. Ante el inopinado anuncio de millonarios sueldos para unos tecnócratas del usufructo, me preguntaba por qué no dignificamos a los maestros con esos ingresos. Inmediatamente reculaba, porque los maestros cubanos hicieron el mejor sistema educativo latinoamericano con sueldos de diez dólares al mes. ¿Dónde quedaron la ética y el compromiso? Cierro paréntesis.

Empero, solo a un tozudo y aguafiestas se le ocurre pensar en el futuro de la ciudad y las nuevas generaciones en pleno Martes de Carnaval.  Toca sudar el traje de pepino o de ch’uta cholero, porque, no nos llevemos a engaños, solo nos importa el aquí y ahora. Vivimos en la ronda cíclica de la festividad extrema y de las acciones libertinas, esperando la próxima fiesta para, afanosamente, cambiar de disfraz. Se trata, simplemente, de festejar como si todas nuestras vidas de arquitecto, urbanista o político fueran una eterna mascarada. 

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