Columnistas

¿Cañones o mantequilla?

El problema de fondo es con qué criterio debería asignar el Gobierno los recursos escasos

La Razón (Edición Impresa) / Gabriel Loza Tellería

04:06 / 14 de junio de 2014

Cuando cursaba economía en la Universidad Católica, el padre Nadal, que había sido alumno del profesor Paul Samuelson (premio Nobel de Economía en 1970), nos daba el ejemplo de elegir entre cañones o mantequilla para explicar la curva de la Frontera de Posibilidades de Producción, que representa las cantidades máximas posibles de bienes y servicios que pueden producirse en una economía.

Después de discutir acaloradamente, al final nos dijo que la elección era indiferente si uno escogía el bien con el costo de oportunidad más bajo. Por tanto, si un país escogía mantequilla, para el cual tenía ventaja comparativa, podía adquirir cañones y viceversa. Lo que no le dijo Samuelson es que su ejemplo salió de la frase del nazi Goering en 1936: “Los cañones nos harán poderosos, la mantequilla solo nos hará engordar”.

Por supuesto que la realidad es más compleja, donde hay que escoger entre “n” productos y servicios, y el Gobierno tiene que hacer la asignación del presupuesto fiscal entre miles de partidas presupuestarias. Además, el problema de fondo es con qué criterio asignar los recursos escasos: el de los precios relativos que nos da el mercado, el de los precios “sociales” que debería darnos la planificación o el de los precios “políticos” que tiene cada gobierno.

Estos dilemas se escuchan y leen a diario y es frecuente escuchar que en lugar de aviones o la Cumbre del G77 deberíamos gastar en hospitales; pero con ese criterio el Gobierno no destinaría ni un centavo para seguridad y en el país nunca se haría un evento internacional. El mismo criterio podríamos aplicar a las campañas electorales y municipales. El hecho es que en economía se pueden encontrar combinaciones intermedias entre destinar una proporción a gastos sociales y otra para seguridad.  Así, en el presupuesto general de la nación para 2014 se asigna a salud y educación recursos equivalentes a un 13,5% del PIB, mientras que a defensa y gobierno un 3,4% del PIB.

Ahora en Brasil está la gran discusión entre pelotas o feijoada, sobre si el Gobierno en lugar de gastar millones de dólares en el Mundial de fútbol debería destinar recursos para eliminar la pobreza y la desigualdad. Los que aprueban los presupuestos cada año son los gobiernos con los “representantes del pueblo” en el Parlamento, y son los que establecen las prioridades. Indudablemente que ningún gobierno consulta directamente al pueblo en qué gastar, porque sería un despelote, salvo que se hagan encuestas.

Si escogemos el criterio de la pobreza para organizar el Mundial, la ONU en lugar de la FIFA debería escoger a los países nórdicos, pues ni Estados Unidos ni Europa se salvan. También podríamos usar el criterio de Samuelson, según el cual los países que tienen los mayores gastos militares deberían ser quienes organicen el Mundial, de tal manera que destinen más recursos al fútbol que a los cañones.

De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la caída de la pobreza observada en Brasil implicó una disminución de alrededor de 6 millones de personas de escasos recursos. También Brasil hizo un esfuerzo en la reducción de la desigualdad (medida a través del coeficiente de Gini), logrando una disminución superior al 1% anual. Sin embargo, como el 20% más rico concentra el 55% del ingreso, lo más justo sería, siguiendo a Piketty, que vía impuestos ese 20% más rico financie el mundial. Pero lo que más me preocupa es que pese a tanto barullo no salga Brasil campeón del mundial.

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