Columnistas

Cañoto, canto y seña

Señor de la buena guerra librada con la palabra fue don Juan Manuel Baca, alias Cañoto

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:02 / 24 de septiembre de 2014

Interpreta Guísela Santa Cruz con talento y enjundia una loa para el guerrillero-romántico de la independencia: “Cañoto, poeta y cantor, en Santa Cruz se oye tu voz, desparramando el amor como la flor del guayacán/ en los buris y pascanas y en la fiestas de salón, la libertad, tu corteja, la guerrilla tu pasión”. Rolando Malpartida, autor de la música balanceada entre chovena y taquirari le hace coro: “El trapiche tan colonial  deja seco al cañaveral/ y vos decís en tu cantar más dulce es la libertad”.

Señor de la buena guerra librada con la palabra fue don Juan Manuel Baca, alias Cañoto. Guerrillero con la mano izquierda y guitarrista con la derecha, dio la lucha anticolonial a órdenes del prócer Ignacio Warnes. Guísela lo renombra: “Junto a Warnes, su jefe fiel, da combates Juan Manuel, su guitarra es un fusil y su canto,  proyectil”.

Cuando el brigadier español Francisco Aguilera venció a Warnes en la batalla de El Pari (1816) y, tras decapitarlo con mano propia, mandó colgar su cabeza en la plaza, Cañoto lloró al ver esa escena y se juró combatir al verdugo hasta su muerte. Y cumplió. Nunca dejó Cañoto de guerrillear por la patria libre mentando con acritud y gracia al Aguilucho, como apodó al jefe realista. Disparaba sus encendidas coplas en los sitios más inopinados: “La España dicen divina/ bendita y noble matrona/, pa’ nosotros gachupina, cruel y violenta rabona (...)”.

En Charcas se proclamó la República de Bolívar en 1825 y el trovador oriental cantó con emoción amazónica: “Hija de Warnes y la Azurduy será la patria por la que lucho/ andando el tiempo de norte a sur hasta doblarte, vil Aguilucho”.

Derrotado y dizque arrepentido de sus aberrantes crímenes, el brigadier Aguilera llegó hasta el presidente Sucre y logró el perdón-indulto a condición de retirarse. Fue descubierto empero en una conjura separatista. El Mandatario lo envió preso a Vallegrande, donde unos labriegos de Chilón, población de cuya carceleta había huido aquél unos años antes,  lo fusilaron el 23 de octubre de 1828.  Y el Cañoto entonó:  “Ay  mi lengua se destraba/  ningún rencor llevo ya/ el muerto que me faltaba/ oyendo esta copla está”.

Patria del trapiche y la pascana, del chip y la energía, Santa Cruz de la Sierra se yergue nueva y creativa, como Cañoto.  “Acordado y concertado”, diría el historiador Adhemar Sandóval en su monografía La fiesta de Vallegrande, de donde he tomado algo de la historia de Aguilera, pero no las coplas que atribuyo a Juan Manuel Baca, quien murió ochentón, 51 años después de perder a su jefe Warnes.

Y la bella Guísela alza su canto claridosamente camba: “El ambaibo y el coriocó son testigos, como soy yo, de dos siglos de rebelión… Cañoto, poeta y cantor”. 

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